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Por Carlos Alberto Sosa ()

Miami.- Los cubanos, dentro y fuera de la Isla, vivimos atravesados por carencias distintas, pero nacidas del mismo dolor. A ti te falta la corriente y la noche se vuelve interminable; te falta el agua, los medicamentos, el pan, la calma. La vida allá se ha ido reduciendo a sobrevivir: hacer colas, inventar comidas, estirar salarios que ya no alcanzan ni para la dignidad. Cada día deja el cuerpo más cansado y el alma más rota.

A mí me faltas tú. Me faltan tus abrazos cuando el mundo pesa demasiado, tu voz atravesando la casa, tu risa llegando desde el otro cuarto como si espantara todas las tristezas. Me faltan las mañanas de café compartido, las tardes simples, la costumbre de saberte cerca. Aquí puede haber luz en cada bombillo y comida en los mercados, pero hay vacíos que ninguna abundancia logra llenar. Porque también existe el hambre de afecto, la sed de hogar, el dolor silencioso de vivir lejos de quienes sostienen nuestra vida.

“No solo de pan vive el hombre”, es cierto. Pero el pan hace falta para sostener el cuerpo, para darle fuerza a la mente y permitirle seguir soñando. Y aun así, cuando en la mesa faltan las personas que amamos, ese mismo pan se vuelve amargo. Duele al pasar por la garganta porque alimenta el estómago, pero no calma la ausencia. Hay hambres que no se quitan comiendo.

La distancia nos ha ido consumiendo despacio. Los de allá sobreviven apagones; los de acá sobreviven nostalgias. Unos lloran frente a un refrigerador vacío; otros lloran mirando fotos viejas a medianoche. Y en medio de tanta fractura, seguimos llamándonos, enviándonos pedazos de vida: una recarga, un medicamento, una oración, una palabra de aliento para que el otro no se derrumbe.

Pero el cubano tiene algo terco y hermoso: incluso roto, sigue amando. Sigue guardando una silla para el que emigró, sigue soñando regresos, sigue creyendo que después de tanta oscuridad tendrá que llegar un amanecer distinto. Y quizá ese día volvamos a sentarnos juntos alrededor de una mesa humilde, donde el pan alcance y donde, por fin, tampoco falte nadie.

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