Comparte esta noticia

Las revoluciones envejecen y se convierten en dictaduras

Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Escarbar en la historia contemporánea de Cuba es una tarea dolorosa, pero urgente. Durante más de seis décadas, el pueblo cubano no solo ha cargado con las cadenas de un sistema totalitario, corrupto e incapaz; también ha soportado la humillación de ver cómo figuras públicas internacionales, celebridades y gobiernos extranjeros han legitimado, maquillado y blanqueado la opresión. Es hora de quitarles la máscara.

Intelectuales y celebridades: el beneficio del silencio

El primer anillo de complicidad no pecó de ingenuidad; pecó de conveniencia consciente. El caso más flagrante es el del Premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, quien disfrutó de mansiones de protocolo y atenciones de rey en La Habana. A cambio, puso el prestigio de su pluma al servicio del maquillaje internacional del régimen, justificando el horror bajo el sofisticado pretexto de una “diplomacia silenciosa”. Su silencio ante los atropellos fue el precio de su estatus como intelectual favorito del dictador.

A esa corte se sumaron figuras como Diego Armando Maradona, que encontró en la isla un refugio de impunidad para sus excesos y pagó el favor con propaganda política. También cineastas como Oliver Stone y actores como Danny Glover, quienes desde la comodidad de sus mansiones en el capitalismo norteamericano viajaban a La Habana para filmar documentales complacientes, mientras ignoraban olímpicamente las cárceles llenas de cubanos, cuyo único delito era disentir.

Recuerdo con precisión aquel concierto masivo titulado “Sí por Cuba”, celebrado en la Plaza de la Revolución de La Habana el 30 de diciembre de 1992. Allí, en medio de la euforia fabricada, un bailarín español, visiblemente ebrio, soltó una de esas frases que retratan una época entera: “Dicen que esto es una dictadura… ¡Pues viva la dictadura de los cojones!”. Aquello no fue una simple salida de tono; fue la obscenidad moral convertida en espectáculo. Mientras miles de cubanos eran vigilados, perseguidos o empujados al exilio, otros venían a La Habana a brindar por sus carceleros.

El quiebre del mito: los que rectificaron

Hacer justicia histórica también implica reconocer a quienes tuvieron la honestidad intelectual de bajarse del carro de la infamia. Tras el “Caso Padilla”, en 1971, figuras como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir marcaron su ruptura definitiva con el castrismo. Décadas más tarde, en mayo de 2003, después del fusilamiento de tres jóvenes que intentaron escapar en la “Lanchita de Regla” y del encarcelamiento de 75 opositores durante la Primavera Negra, grandes de la música como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Fito Páez expresaron públicamente su desencanto y su condena.

Sabina lo dejó claro: “las revoluciones envejecen y se convierten en dictaduras”. Ellos entendieron que no se puede cantar a la libertad del mundo mientras se aplaude la tiranía en una isla.

Gobiernos cómplices y la compra de voluntades en la ONU

Pero el blanqueamiento no ha sido solo cultural; también ha sido geopolítico. Gobiernos de la región, como el de Andrés Manuel López Obrador y su continuidad con Claudia Sheinbaum en México, han funcionado como salvavidas financieros y políticos del régimen, enviando petróleo y contratando dudosas misiones médicas para inyectar oxígeno económico al régimen de La Habana. Asimismo, desde España, corrientes extremistas como la de Pablo Iglesias han actuado como activos lobbistas de la dictadura.

Ese apoyo se sostiene sobre un sistema global de compra de voluntades. Mediante el envío de servicios médicos, asesores y prebendas a naciones en desarrollo, La Habana tejió una red de favores que cobra cada año en la Asamblea General de la ONU. La famosa resolución contra el embargo no es siempre un reflejo puro de justicia internacional; muchas veces es el resultado de un mercado de votos donde varios países entregan su voluntad política a cambio de beneficios que el régimen reparte mientras le quita la comida de la boca al pueblo cubano para financiar su diplomacia de chantaje.

Afortunadamente, con una crisis interna cada vez más insostenible, Cuba se está quedando más sola en el tablero internacional. Los mitos se derrumban, los disfraces se caen y los cómplices, poco a poco, van quedando retratados.

Nota al margen

El bailarín al que me refiero fue Antonio Gades, servil a la dictadura hasta en su lecho de muerte. No se trató de una frase suelta dicha al calor de una noche de propaganda en la Plaza de la Revolución. Su fidelidad al castrismo quedó sellada incluso seis días antes de morir, en una carta-testamento fechada en Madrid, el 14 de julio de 2004, dirigida a Raúl Castro.

En esa carta, Gades dispuso que su esposa Eugenia y sus hijas entregaran sus cenizas a Raúl para que hiciera con ellas lo que creyera conveniente. También expresó su orgullo de haber sido su compadre, elogió su “firmeza”, su “ejemplo de verdadero comunista” y su fidelidad al “Comandante”. Remató diciendo que lo único que sentía era “no haber hecho más por la Revolución” y cerró con vivas al comandante, a Raúl y al Partido Comunista de Cuba.

Antonio Gades falleció en Madrid, a los 67 años, el 20 de julio de 2004. Murió lejos de la miseria cubana, pero espiritualmente arrodillado ante quienes la fabricaron.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy