Los zapatos de dos tonos: el sacrificio de un hijo por su padre

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Por Gabriel Carballea ()

Curitiba (Brasil) En Cuba yo era médico especialista. Vivía explotado, haciendo guardias de 24 horas sin recursos, y mi mayor logro material había sido comprar una bicicleta. Tras ser regulado por el gobierno, esperé cinco duros años para que me liberaran y poder salir. Llevaba dos años en Curitiba, rompiéndome la espalda en una fábrica de producción mientras esperaba mi refugio político para traer a mi padre.

Antes de irme, le prometí que lo sacaría de la miseria, que ya no estaría solo ni perdería el sueño haciendo guardias como custodio en esa escuela. Él solo me preguntaba una cosa: «Hijo, ¿allá en Brasil trabajando da para comprar unos zapatos de dos tonos?». Esa era su única ilusión. Durante mis dos años en Curitiba, yo paseaba por las tiendas, le hacía videollamadas y le mostraba las vitrinas: «¡Mira, viejo, cuántos zapatos hay aquí!». Él siempre me interrumpía entre risas: «¿Pero tienen de dos tonos?». Yo me echaba a reír. No quería otros.

Todo se derrumbó cuando el teléfono dejó de sonar. El vecino lo encontró inconsciente en su cama. Como médico, el diagnóstico a la distancia me destrozó el alma: glioblastoma multiforme grado 4, un tumor cerebral terminal. Sabía perfectamente lo que significaba: a lo sumo, le quedaban tres meses de vida. Regresar a Cuba significaba perder mi refugio político, congelar mi carrera, mi sueño de ejercer mi profesión en otro país y la certeza de no poder volver a salir jamás. Volver era un fracaso total para mí… pero estaba mi padre.

Los zapatos de dos tonos: el sacrificio de un hijo por su padre

Tomé el primer vuelo. El reencuentro en el hospital de La Habana fue devastador: estaba sumamente deteriorado tras dos años sin vernos. Al abrir los ojos y reconocerme, se emocionó tanto que apenas pudo formular la pregunta: «¿Hijo, qué haces aquí? ¿Por qué volviste?». Tragándome el dolor de médico y de hijo, saqué de mi mochila una caja y le mentí con la sonrisa más pura que pude rescatar: «Volví porque por fin encontré tus zapatos de dos tonos, viejo. Vine a traértelos porque sabía que te estabas quedando descalzo».

Mi padre acarició el cuero de los zapatos con lágrimas en los ojos, convencido de que solo tenía unos simples mareos y que pronto nos iríamos juntos. Él nunca sabrá la verdad. Duerme tranquilo creyendo que su hijo triunfó. No sabe que lo sacrifiqué todo, que arruiné mi futuro y que en tres meses me quedaré completamente solo en Cuba, sin mis sueños y sin él. Pero al verlo sonreír con sus zapatos nuevos en la cama del hospital, sentí una paz absoluta. Cumplí mi promesa.

¿Habrías sacrificado todo por tu padre? Llámame loco, pero yo lo volvería a hacer. (Tomado de las redes)

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