
Mi mayor miedo tiene tu ausencia
Por Oscar Durán
Moa.- Hoy es Día de las Madres y uno cree, ingenuamente, que está preparado para asumir la fecha como cualquier otra. Pero no. Hay días que nacen con una tristeza distinta, una especie de agujero en el pecho que uno no sabe nombrar. Ves una foto vieja, escuchas una canción cualquiera o te topas con una madre llevando de la mano a su hijo por la calle, y entonces entiendes que hay vínculos que no se explican, solo duelen.
Mi madre y yo nunca fuimos iguales. Ella es fuego donde yo soy hielo. Tiene esa manera frontal de decir las cosas que muchas veces me incomoda, mientras yo voy por la vida intentando esconder lo que siento, como si mostrar afecto fuera una derrota. Nos queremos mal, a veces. Nos queremos con silencios, con discusiones absurdas, con llamadas cortas y mensajes respondidos tarde. Y aun así, debajo de todo eso, existe una lealtad animal que no entiende de carácter ni distancias.
Cuando estoy lejos de ella, la extraño como se extraña una parte del cuerpo. No es una nostalgia limpia ni bonita; es algo más tosco, más real. Extraño su voz diciéndome cualquier simpleza, su manera de preguntar si ya comí, su costumbre de preocuparse por problemas que ni siquiera son suyos. Extraño hasta esas pequeñas cosas que cuando la tengo cerca me parecen normales, casi invisibles.
Lo más triste de todo es esa contradicción miserable que cargamos tantos hijos: cuando mamá está lejos, la queremos cerca; cuando está cerca, actuamos como si el tiempo fuera infinito. Como si ella fuese eterna. Como si siempre fuera a estar ahí, sentada en el mismo lugar de la casa, disponible para nosotros, esperando migajas de atención disfrazadas de rutina.
Y uno posterga tanto. Pospone abrazos, conversaciones, agradecimientos. Cree que habrá otro domingo, otro cumpleaños, otra oportunidad para hacerlo mejor. Pero la vida tiene una crueldad impecable: un día deja de dar prórrogas. Entonces llegan los remordimientos, esa clase de dolor que no se alivia con nada. El peso insoportable de no haber sido suficientemente bueno con quien más te quiso.
Pienso muchas veces en ese día que inevitablemente llegará. El día en que mi madre no esté. Y me asusta no tanto su ausencia, sino todo lo que quedará flotando alrededor de ella: las conversaciones que no tuvimos, la paciencia que me faltó, los minutos que desperdicié mirando una pantalla mientras ella estaba a pocos metros de mí, siendo madre sin pedir nada a cambio.
Hoy es Día de las Madres. Aunque probablemente mi madre nunca llegue a entender la dimensión exacta de lo que siento por ella, la quiero con una profundidad que me parte en dos. A mi manera torpe, distante e imperfecta, la quiero con la vida.
Quizás nunca he sido el hijo que soñó tener. Pero si existe algo verdaderamente insoportable en este mundo, es imaginar una vida donde ella ya no esté y yo siga aquí, cargando para siempre con todo lo que no supe demostrarle.






