
El silencio que delata: cuando el régimen les teme más a los drones que a los misiles
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Llevamos meses viéndolo, aunque al gobierno cubano, ese que todo lo ve y todo lo controla, parece habérsele nublado la vista. Aviones P-8 Poseidon de la Marina estadounidense sobrevuelan el espacio aéreo cubano, drones de alta tecnología escanean cada centímetro de la isla y sus cayos adyacentes, y en La Habana, silencio.
Ni una declaración, ni una nota de protesta, ni un comunicado de esos que antes redactaban con la furia de quien se siente agredido. ¿Qué pasó? ¿Acaso los radares de la Fuerza Aérea Revolucionaria se estropearon todos el mismo día? ¿O es que los centinelas de la patria socialista están de vacaciones? No, queridos amigos. Lo que ocurre es mucho más simple y mucho más revelador: han optado por tragarse el orgullo porque saben que cualquier chispazo puede convertir la mecha en un incendio del que no saldrían vivos.
Y entonces uno, que tiene memoria, recuerda aquella tarde del 24 de febrero de 1996. Dos avionetas civiles, desarmadas, de la organización Hermanos al Rescate, volaban sobre aguas internacionales cuando fueron derribadas por cazas Mig-29 cubanos. Murieron cuatro personas. Y el régimen celebró la hazaña como si hubieran derribado un escuadrón de bombarderos enemigos.
Hubo fiesta, hubo condecoraciones, hubo discursos patrióticos. Hoy, sin embargo, esos mismos cazas -si queda alguno- permanecen en sus hangares mientras un avión espía de la OTAN sobrevuela la isla a altura crucero. ¿Dónde está la valentía de entonces? ¿Dónde los misiles tierra-aire que tanto pregonaban? La respuesta no está en la tecnología, está en el cálculo político. Y el cálculo de los actuales dirigentes cubanos es tan frío como el mármol de sus mausoleos.
¿Por qué no disparan?
Porque la pregunta que todo el mundo se hace, y que nadie responde en las tertulias oficiales, es clara: ¿por qué no disparan? ¿Acaso no tienen capacidad para derribar un dron o un Poseidon? Por supuesto que la tienen. Tienen sistemas antiaéreos, tienen cazas, tienen misiles de manufactura rusa y, según sus propias declaraciones, una doctrina militar que contempla la defensa del espacio aéreo a cualquier costo.
Pero resulta que ahora, de repente, el costo ya no es asumible. Porque disparar, aunque no logres derribar el objetivo, es una declaración de guerra. Y ellos, los mismos que se creen comandantes de la resistencia, los mismos que hablan de patriotería y de dignidad, no están dispuestos a jugarse el pellejo. Es puro y simple instinto de supervivencia. O, dicho sin rodeos, miedo.
No es miedo a perder un avión o a quedar mal ante la comunidad internacional. Eso ya les da igual. El miedo real, el que les retuerce las tripas y les quita el sueño, es a que un misil lanzado desde sus propias baterías se convierta en la excusa perfecta para que Estados Unidos, con la autorización que le daría cualquier presidente en funciones, responda con una fuerza abrumadora.
Sabe el régimen, porque no son tontos, que una operación militar estadounidense no tendría como objetivo liberar al pueblo cubano, sino proteger su soberanía y la integridad de sus aparatos. Pero el resultado, para los que mandan en La Habana, sería el mismo: el fin de la dictadura en cuestión de horas. Y eso es lo único que les importa. No la nación, no el pueblo, no la soberanía. Sino su permanencia en el poder.
¿Dónde están los discursos y las amenazas?
Y mientras tanto, los drones siguen volando, los Poseidon siguen escaneando, y los cubanos de a pie seguimos viendo cómo el régimen calla y se encoge. Ya no hay discursos altisonantes, ya no hay amenazas de hacer pagar caro cualquier osadía imperialista.
Hay un silencio cómplice, una omisión calculada, una estrategia que prioriza la supervivencia del sistema sobre cualquier otra consideración. Porque los que nos gobiernan, más allá de la ideología y de las banderas, son ladinos. Saben que el tiempo juega a su favor mientras no provoquen. Saben que cada día que pasa sin un incidente es un día más que añaden al reloj de su agonía. Pero también saben que cualquier error, cualquier chispa, puede ser la última.
Así que, perdónenme si no me impresiona el patriotismo de quienes callan ante los drones y festejaron ante las avionetas. Perdónenme si no creo en la valentía de quienes derribaron civiles desarmados y ahora se esconden como ratones cuando sobrevuela el águila.
El régimen cubano no es valiente, no es patriota, no es defensor de la soberanía. El régimen cubano es, simplemente, un puñado de privilegiados que intentan sobrevivir un día más a costa del silencio y la cobardía.
Y mientras tanto, nosotros, los de siempre, seguimos esperando. No la caída de un avión. Sino la caída de los que nos tienen secuestrados.






