Ravensbrück, el infierno con faldas y fusta: cuando las víctimas eran mujeres y los verdugos también

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Cuando en abril de 1945 los rusos liberaron Ravensbrück, el campo de concentración más grande creado por los nazis exclusivamente para mujeres, el mundo respiró aliviado. Pensaron que el horror terminaba. Pero no. Había algo más, algo que durante más de cuarenta años las supervivientes se negaron a contar por vergüenza y humillación.

Aquel reducto de muerte no solo fue un lugar de hambre, enfermedades, esterilizaciones y experimentos. Fue también el centro de reclutamiento para los burdeles que los nazis instalaron en otros campos a partir de 1942. Sí, amigo, leyó bien. Prostíbulos para recompensar a los prisioneros que trabajaban en las fábricas de armamento. La maquinaria del horror también tenía servicio de habitaciones.

Más de 130.000 mujeres pasaron por Ravensbrück. La mayoría no eran judías, sino comunistas, opositoras al régimen, gitanas o simplemente «asociales» según la categoría inventada por las SS. Prostitutas, muchas de ellas.

Y en medio de aquel infierno, la solidaridad era el único bálsamo. Pero también estaba el reclutamiento forzoso para los burdeles de Auschwitz y otros campos. Y quien elegía a las candidatas era Irma Grese, una joven de 21 años con cara de ángel y corazón de trituradora. La llamaban «la bella bestia». Uniforme impecable, fusta en mano y una crueldad que no era alardes: era su forma de vida.

El miedo en sistema

Pero Grese era el sadismo impulsivo. Maria Mandel, «la Bestia», era la burocracia del terror. Como jefa de vigilantes, convirtió el miedo en sistema. No necesitaba gritar. Su sola presencia helaba la sangre. Y luego estaba Ilse Koch, «la Zorra de Buchenwald», esposa del comandante.

Ella no se limitaba a mirar. Participaba, ordenaba, disfrutaba. La leyenda dice que coleccionaba tatuajes humanos para hacer pantallas de lámparas. La justicia no pudo probarlo, pero su sadismo real no necesitaba leyendas. Era pavoroso de por sí.

Lo más retorcido del caso es que los nazis juzgaron y fusilaron al marido de Ilse, Karl-Otto Koch. Pero no por asesinar a miles de personas. No por torturar. Lo fusilaron por corrupción económica. En el Reich se podía matar hasta el amanecer, pero robarle un marco al Estado era pecado mortal.

Esa es la coherencia del mal: todo vale, excepto tocar la caja. Ilse, en cambio, sobrevivió. Fue condenada a cadena perpetua, apeló, y un general estadounidense le redujo la condena a cuatro años. El escándalo fue mayúsculo. La volvieron a juzgar, de nuevo cadena perpetua.

La muerte es la única liberación

Y allí estaba, en su celda, cuando en 1967 un joven de 20 años pidió verla. Era su hijo Uwe, concebido en prisión. Quería conocer a su madre. Nadie sabe qué hablaron. Solo que días después, Ilse Koch se ahorcó con unas sábanas.

Dejó una nota: «No hay otra salida para mí, la muerte es la única liberación». Sin arrepentimiento. Sin un perdón. Así terminó la Zorra. Mientras, Grese y Mandel fueron ahorcadas. Ravensbrück ya no existe. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿cómo es posible que la víctima y el verdugo compartieran el mismo género, el mismo espacio, el mismo siglo? La respuesta es incómoda: porque el mal no entiende de faldas. Y a veces, las peores pesadillas tienen nombre de mujer. Y fusta. Y sonrisa.

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