
Gallinas nucleares: así querían los británicos parar a los tanques soviéticos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Lean esto y luego me dicen si la Guerra Fría no era un manicomio con banderas. Resulta que en la década de 1950, Reino Unido desarrolló un proyecto llamado Blue Peacock. O sea, «Pavo Real Azul». El nombre parece de cuento infantil, pero era una mina nuclear de nada menos que 10 kilotones. La idea era enterrarla en Alemania Occidental para, si los tanques soviéticos se atrevían a invadir, volar puentes, carreteras y todo lo que se moviera. Hasta aquí, todo dentro de lo esperable en aquella época de paranoia atómica. Pero viene lo mejor.
Los ingenieros se dieron cuenta de un problemilla técnico: el frío extremo podía dejar inservibles los circuitos electrónicos de la mina. Necesitaban mantenerla a una temperatura estable bajo tierra durante varios días. Y entonces, en alguna mesa de diseño, alguien tuvo una idea genial. Tan genial que parece un chiste de pub inglés. Propusieron meter gallinas vivas dentro del artefacto. Sí, gallinas. Las pobres aves, con su calor corporal que ronda los 41 grados, mantendrían calentitos los componentes de la bomba. Les darían comida y agua para que sobrevivieran una semana. Una semana de servicio patriótico, vaya.
No era una broma
Piensen la escena. Un campo alemán, pleno invierno, enterrada bajo tierra una bomba nuclear, y dentro, cuatro o cinco gallinas picoteando tranquilas mientras esperan el apocalipsis. Si llegaba la invasión, el artefacto explotaba, los tanques soviéticos volaban por los aires y las gallinas también, claro. Qué manera tan británica de irse al otro barrio. Ni heroica, ni trágica. Gallinácea. Porque la muerte por radiación ya es mala, pero morir siendo calorcito de una bomba es hasta ridículo.
El proyecto, como no podía ser menos, nunca se llevó a cabo. Lo abandonaron. Y los documentos se desclasificaron el 1 de abril de 2004. Muchos pensaron que era una broma del Día de los Inocentes. Pero no. Era verdad. Todo verdad. La Guerra Fría nos dejó la carrera espacial, el muro de Berlín, la crisis de los misiles… y también gallinas dentro de minas nucleares. Porque el miedo al enemigo era tan grande que cualquier idea, por disparatada que fuera, podía acabar en la mesa de los altos mandos militares.
Así que ya saben. Cuando alguien les diga que la humanidad es racional, cuéntenle la historia de Blue Peacock. Una bomba atómica que dependía del calor de unas gallinas para funcionar. Y pregúntense: ¿de verdad hemos cambiado tanto? Porque ahora los locos usan drones, pero el absurdo sigue ahí. Solo que ahora, sin plumíferos. O eso espero.






