
Bubbles, el chimpancé que fue estrella sin pedirlo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Bubbles no fue solo un animal. Fue, durante años, la prueba viviente de hasta dónde puede llegar el espectáculo cuando convierte a un ser vivo en símbolo. Porque antes de ser el inseparable amigo de Michael Jackson, este chimpancé ya había pasado por un laboratorio biomédico, como un objeto más. Y luego llegó Hollywood, y luego el rey del pop, y su destino quedó sellado: sería famoso, sí, pero a cambio de perder casi todo lo que lo hacía chimpancé.
En los años ochenta, Bubbles era parte del show. Viajaba con Jackson, posaba en las fotos, asistía a eventos como una extensión lujosa de la celebridad. Y como tal, protagonizó escenas que hoy nos parecen sacadas de una película de los hermanos Marx.

Jon Bon Jovi contó una vez que, durante una gira, invitaron a Michael a una fiesta en un hotel. Michael no fue. Pero mandó a Bubbles. El chimpancé bajó, saltó sobre la cama, lió un caos de órdago y la gerencia del hotel amenazó con echarlos a todos. La anécdota es divertida, claro. Pero también muestra algo más turbio: que un animal fue tratado como un animador de feria.
De estrella a pensionado
Pero la cría crece. Y lo que de pequeño es adorable, de adulto se convierte en un peligro. Los chimpancés no son mascotas. Son fuertes, imprevisibles y necesitan vivir con los suyos. Bubbles dejó de ser fácil de exhibir, y el mundo del pop lo fue dejando atrás. Hasta que en 2005 encontró un lugar que sí entendía lo que él necesitaba: el Center for Great Apes, en Florida. Allí, por fin, dejó de ser «el chimpancé de Michael Jackson» para convertirse, simplemente, en Bubbles.
Hoy, según sus cuidadores, es un animal tranquilo. Artístico, incluso. Le gusta pintar. Comparte su día a día con otros chimpancés de nombres tan curiosos como Oopsie, Boma, Kodua y Stryker. Y el patrimonio de Michael Jackson sigue pagando su manutención. Como si aquel viejo vínculo, que tanto daño le hizo en el fondo, ahora se hubiera convertido en una pensión digna. Un final agridulce, pero final al fin.

Por eso la historia de Bubbles ya no debería leerse como una rareza pop. Es la historia de un simio que pasó del laboratorio a la alfombra roja, y de la alfombra roja a una jaula de hotel de lujo antes de llegar a un recinto donde, por primera vez, pudo vivir como lo que es.
Durante décadas lo presentaron como un detalle pintoresco del universo Jackson. Pero su vida, querido lector, dice mucho más sobre nosotros que sobre él. Y nosotros, la verdad, no salimos muy bien parados en el retrato.






