
El mercado inmobiliario cubano tiene una leve alza por las expectativas de un cambio político
Por Yeison Derulo
La Habana.- El mercado inmobiliario en La Habana vuelve a moverse, pero no por salud económica ni por una planificación seria, sino por ese viejo deporte nacional de sobrevivir dentro de un sistema que no funciona. Desde que en 2011 el régimen decidió “autorizar” la compraventa de viviendas —como si estuviera otorgando un favor divino y no devolviendo un derecho básico—, el sector ha vivido entre parches, restricciones absurdas y controles que asfixian cualquier intento real de desarrollo.
Hoy, más de una década después, el escenario sigue siendo el mismo: un mercado incompleto, vigilado y condicionado por una dictadura que no termina de soltar el control.
En barrios como Miramar, Nuevo Vedado o El Vedado, los precios muestran un ligero aumento. Pero ojo, no se trata de prosperidad ni mucho menos. Es un espejismo alimentado por expectativas políticas, por rumores de cambios y por la desesperación de quienes ven en el ladrillo una tabla de salvación ante el naufragio económico.
Sin embargo, el cubano de a pie sigue fuera del juego, atrapado en salarios que no alcanzan ni para soñar con una propiedad. La dictadura, como siempre, crea un escenario donde unos pocos se mueven y la mayoría observa desde la grada, sin posibilidades reales.
El papel de los intermediarios refleja otra de las grandes contradicciones del sistema. No existen agencias inmobiliarias privadas, pero sí una red de “cuentapropistas” que hacen el trabajo que el régimen no puede ni quiere hacer. Es el clásico doble discurso: se prohíbe oficialmente, pero se tolera por necesidad.
Así funciona todo en Cuba. La dictadura bloquea, limita, regula… y luego mira hacia otro lado cuando la realidad le pasa por arriba. Ese mismo modelo es el que ha llevado al país a una crisis de años, agravada por decisiones internas que después intentan justificar con factores externos.
La reactivación actual del mercado tampoco responde a fundamentos sólidos. Como bien apuntan algunos actores del sector, todo se mueve por expectativas: posibles cambios legales, conversaciones políticas o nuevas reformas que permitirían poseer más de una vivienda o acceder a hipotecas.
Es decir, no hay una economía fuerte detrás, sino una especie de apuesta colectiva a que algo cambie. Y eso, en un país gobernado por una dictadura que ha demostrado durante décadas su incapacidad para reformarse de verdad, suena más a ilusión que a estrategia.
Por último, el interés de los cubanoamericanos revela una verdad incómoda para el régimen: gran parte del dinero que sostiene este tipo de movimientos viene de fuera, de quienes huyeron precisamente de ese sistema. Muchos quieren invertir anticipándose a un cambio que la dictadura no ha sido capaz de generar por sí sola.
Y mientras algunos sueñan con recuperar propiedades expropiadas desde 1959, el régimen sigue sin dar respuestas claras, atrapado entre su pasado ideológico y una realidad económica que lo obliga a ceder, aunque sea a medias.
Así, el mercado inmobiliario en La Habana no despierta por virtud del sistema, sino a pesar de él.






