El tendón de Aquiles de las FAR no es técnico: es moral

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hablemos claro, porque ya es hora de soltar la cortina de humo. Cuba jamás podría ganarle una guerra a Estados Unidos. Pero no nos quedemos ahí, porque el asunto no es de esos análisis de salón que comparan misiles balísticos o submarinos en el Caribe. La cuestión de fondo es más sencilla y más cruel al mismo tiempo: Cuba tampoco podría ofrecer resistencia. No una resistencia seria, quiero decir. Porque para resistir no basta con tener un uniforme y una consigna pegada en la pared.

Y ojo, no se trata de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias carezcan de tanques, aviones o misiles. Eso ya lo sabemos hasta los niños de cuarto grado. Tampoco se trata de que sus generales sean una partida de barrigones cuasi ancianos. El problema no está en el inventario, que es pobre, sino en la cabeza de quienes tendrían que empuñar las armas. Porque de nada sirve un fusil ruso en manos de alguien que lo único que quiere es devolverlo y largarse a casa.

La moral, esa palabra vieja que los estrategas saben pesar más que un batallón de carros blindados, es el tendón de Aquiles de las FAR. Y está roto. En las tropas profesionales —que no son pocas— la mayoría están ansiosos por dejar el cuerpo. Pero no pueden. El generalato los tiene amenazados: sigues uniformado o vas preso por desertor. Así de simple. Así de triste. Un ejército que retiene a sus soldados con la ley penal no es un ejército: es una prisión con botas.

Entregados

Luego están los muchachos del servicio militar, esos que supuestamente moverían los pertrechos si la cosa se pusiera fea. Y aquí el dato tiene una gracia amarga: no tienen experiencia, no conocen la técnica, y ellos mismos sueltan la sopa sin querer. Por ejemplo, cuando cuentan que los tanques no tienen combustible. O que tampoco tienen baterías. Uno se imagina la escena: el comandante ordena «avancen» y el soldado contesta «deme cinco minutos, voy a ver si encuentro unos cables para puentear».

Entonces, querido lector, no me vengas con discursos de invencibilidad ni con zarandajas patrióticas. El ejército cubano actual es una cáscara de nuez pintada de verde olivo. Y sus propios soldados lo saben. Por eso, en el hipotético —pero cada vez menos hipotético— escenario de un choque con los marines de Estados Unidos, los movilizados ya tienen claro su plan de batalla personal: deponer las armas. No por cobardía, sino por inteligencia. Porque han visto el tendedero y saben que la única forma de salvar la vida es levantar las manos antes de que retumben los primeros disparos.

Así que ya ves. El gran secreto que los generales no cuentan en los desfiles es este: no hay moral que resista una mentira de sesenta años. Y cuando no hay moral, no hay ejército. Solo hay hombres con uniformes prestados esperando la primera excusa para cambiarse por una camisa civil. Por eso, Cuba no le ganaría una guerra a Estados Unidos. Pero más importante aún: ni siquiera lo intentaría. Porque el soldado que no cree en lo que defiende ya entregó la batalla antes de empezarla. Y eso, amigo mío, es más letal que cualquier misil que no tienen.

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