
¿Soberanía tecnológica o el interruptor del miedo?
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Sigo con atención las noticias de mi Cuba, y no deja de asombrarme cómo el lenguaje oficialista retuerce las palabras. Recientemente, el término «soberanía tecnológica» ha vuelto a llenar las páginas de Granma y Cubadebate como respuesta a la posible implementación de Starlink en la isla. Pero… ¿de qué soberanía hablamos cuando el dueño del «interruptor» es el mismo que decide cuándo el pueblo tiene derecho a hablar?
Recuerdo bien la era de Obama, cuando se propuso un cable directo desde Estados Unidos. Era la opción lógica y eficiente. Sin embargo, el régimen la rechazó para seguir dependiendo de conexiones más largas y costosas, solo para no perder el monopolio de la censura y de paso victimizarse por el alto costo de las maromas que hacen con el cable para conectarse a la red de redes.
Hoy, el fantasma de Starlink (el internet satelital que no pueden cortar) les quita el sueño. Para un sistema que perfeccionó el arte de «apagar» ciudades para ocultar la represión, una señal que viene del espacio y sale una respuesta por la misma vía, es una amenaza existencial que solo de pensar en eso se ponen a temblar.
En Cuba, soberanía es una jaula
La verdadera soberanía no reside en una empresa estatal como ETECSA, que cobra a precio de oro una conexión super lenta, limitada y vigilada. La soberanía real es el poder del ciudadano para elegir, informarse y comunicarse sin pedir permiso. En Cuba, la «soberanía» es el nombre que le dan a la jaula; les aterra que el pueblo deje de ser invisible para sus mecanismos de control.
Este control digital es la prueba definitiva para quienes, desde la comodidad del extranjero, defienden la dictadura. Es fácil aplaudir una «Revolución» inexistente cuando no se sufren sus apagones ni su silencio. A esos extranjeros que, por pura afiliación política o simpatía comunista, apoyan a un régimen que aplasta a su gente: sepan que su respaldo es un daño directo al bienestar del pueblo cubano.
Fidel Castro convirtió el miedo en cimiento hace seis décadas, y hoy sus herederos solo han trasladado ese terror al espacio digital. Bloquear la red no es patriotismo; es el último refugio de una tiranía que sabe que su supervivencia depende de mantenernos en la oscuridad. Quien no le teme a la verdad, no tiene por qué apagar la palabra.






