El verdugo de Treblinka que Volkswagen escondió en Brasil

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Trabajó durante años como si no tuviera pasado. Franz Stangl entraba y salía de una fábrica de Volkswagen en Brasil con su tarjeta, su bocadillo y su cara de nadie. Cumplía su jornada, se mezclaba con los demás obreros y nadie, absolutamente nadie, sospechaba nada.

Hasta que un día de febrero de 1967, la policía brasileña le tocó el hombro en plena cadena de montaje. Aquel señor de aspecto apacible y modales discretos no era un currante cualquiera. Había sido comandante de Sobibor y Treblinka. O lo que es lo mismo: uno de los directores del infierno en la Tierra.

Y lo peor de todo no es la barbaridad que hizo, sino cómo llegó allí sin levantar una ceja. Stangl no era un bestia con cuchillo entre los dientes. Era un policía austríaco, correcto, formal, de los que llevan la chaqueta bien planchada.

Primero se apuntó sin rechistar al programa nazi de «eutanasia» —que ya es eufemismo criminal donde los haya— y luego pasó a la Operación Reinhard. En Treblinka no se limitó a matar: organizó la muerte con horarios, turnos y eficiencia industrial. Convirtió el asesinato masivo en una rutina de oficina. Y eso, hablando claro, da mucho más miedo que un loco con un martillo.

Después de la guerra

La guerra se acabó y Stangl, como buen ratón, buscó la salida. Huyó de Europa con más suerte que vergüenza: Italia, Siria y finalmente Brasil en 1951. Allí se instaló con su propio nombre, como si nada. Otra vez la fábrica, otra vez la vida normalita. Y es que los nazis huidos tenían una red de evasión que funcionaba mejor que Correos. Durante años, Stangl vivió en paz. Hasta que un señor llamado Simon Wiesenthal, que era cazador de nazis con nariz de sabueso, le siguió el rastro y le echó el lazo.

Pero lo que más incomoda de este tipo no es solo los cientos de miles de muertos que llevaba a sus espaldas. Es que su historia te retuerce el estómago porque te obliga a pensar una cosa muy fea: el mal no va siempre disfrazado de monstruo. A veces, la bestia se viste de obrero cumplidor, de compañero amable, de vecino que riega las plantas y saluda al sereno. El horror puede esconderse detrás de una vida perfectamente corriente, ordenada, incluso aburrida.

Franz Stangl cogió el tren, el barco y el autobús hacia la mediocridad. Y allí, en medio de los tornillos y las piezas de Volkswagen, se camufló como un camaleón. No era un demonio con cuernos ni un ogro de cuento. Era un tipo normal. Y esa, amigo, es la lección más aterradora de todas: que lo peor del ser humano a veces no viene con estruendo, sino con la tranquilidad de quien nunca se preguntó si lo que hacía estaba bien o mal. Simplemente lo hacía. Y luego, a cenar.

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