Mi generación, la de los 60 en Cuba: entre el hambre, la ideología y el éxodo

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Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- Soy de la generación de los 60, en la cual más del 50 por ciento no ha logrado conocer otra cosa que el modo de vida cubano bajo un sistema político que el poder tildó de socialista. Tuvimos que pagar, con sangre, sudor y lágrimas, todos nuestros estudios, enfrentando desde la primaria la carencia, el hambre, la inyección ideológica y el miedo a salirnos de la raya.

En la secundaria básica y los preuniversitarios, tuvimos que trabajar en el campo duramente, obligados y sin recibir un centavo a cambio por esas jornadas de sudor e insolación donde, bajo la ordenanza de jefes de lote, teníamos que cumplir metas idénticas a las de los campesinos que trabajaban la tierra por profesión.

El fantasma del hambre estuvo presente cada día, cada hora y, para más, en coalición perenne con otros ángeles del mal, como el transporte, la hediondez del claustro de profesores y el chequeo permanente de todo cuanto hablábamos, los libros que leíamos y hasta la música que escuchábamos.

Mi generación vivió Camarioca, donde miles de personas se largaron en busca de otros derroteros. Después llegó el Mariel con otros miles. Todos, todos se fueron huyendo de las atrocidades que sufrimos día a día. Todos se mezclaron con el mundo real, lleno de problemas, pero también de posibilidades.

En los últimos cinco años, Cuba ha perdido más de un millón de personas, de las cuales un alto por ciento son jóvenes; muchachas y muchachos cansados de esperar las promesas de un cambio interno que les resolviera los problemas abstractos de un sistema político que canta al mundo una cosa, pero hace otra con su gente.

De acoger migrantes a emigrar por millones

En la Cuba de antes del 59, nadie se iba a vivir a tierras extrañas, con un idioma diferente y una cultura que distaba mucho de ser la adecuada para soportar las tardes plomizas de abril. Contrariamente, Cuba era un punto importante de inmigrantes de los cinco continentes; así convivían en nuestras ciudades colonias gallegas, chinas, árabes, francesas y japonesas, adaptándose a la calentura isleña, a nuestra música y a nuestros altos decibelios al hablar.

Eran felices y triunfadores, de manera tal que las calles de La Habana se iluminaban con restaurantes gallegos, chinos y árabes. No dudo que el famoso kebab, el plato turco nacido en Berlín y muy popular en Europa, estuviera presente en las calles de Cuba.

El socialismo arrasó con todo y con todos; y esos mismos inmigrantes que fundaron sus centros culturales, sus templos y lugares sociales, se largaron defraudados después de la Ofensiva Revolucionaria que cercenó de un tajo el desarrollo socioeconómico de la isla.

La isla en peso comenzó a hundirse lentamente en la miseria material y espiritual; el Barrio Chino y esos barcitos en la Avenida del Puerto, donde los intelectuales comían arenque ahumado con cerveza hablando de París y declamando poemas de Jacques Prévert y Ezra Pound, se convirtieron en la amarillenta postal de un pasado o, en el peor de los casos, en sedes de los CDR y estaciones de la PNR.

¿Qué esperaba el gobierno de los jóvenes?

Los jóvenes que se fueron en el último lustro nunca oyeron hablar de La Habana de los años 50; quizás leyeron lo que está en los planes de la historia que se imparte, donde se mencionan los barrios Tallapiedra y Las Yaguas.

Sí, la capital tenía barrios pobres y miserables, como los tenían y tienen Nueva York, Berlín y Tokio. Pero Cuba, en los 50, tenía un índice de desarrollo más alto que España y que muchos países que hoy están en primera línea económica.

No voy a dar loas a ningún gobierno desde que se instauró la República; no los viví y no estoy apto para teorizar, pero sí puedo asegurar que el gobierno que ofrece Cuba desde el año 1959 ha sido el peor en la historia del país desde 1902.

Ahora, en esta locura política que ya no tiene absolutamente nada de socialismo ni democracia, el presidente Miguel Díaz-Canel dice, casi llorando, que jóvenes talentosos con estudios universitarios «gratuitos» se han marchado del país porque el capitalismo los ha captado sin invertir en su formación.

¿Qué esperaba, que además de pagar con creces sus estudios, sobreviviendo a base de pan con croqueta para atenuar el hambre feroz, sufriendo controles políticos, mala atención médica y nulas esperanzas de un futuro profesional, fueran anormales?

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