El discurso del poder y la negación del disenso

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- En Cuba, el lenguaje no es neutral. Es una herramienta del poder. Y como toda herramienta política, puede servir para explicar la realidad… o para deformarla.

Las declaraciones de Mariela Castro Espín forman parte de ese aparato discursivo que pretende cerrar el debate antes de abrirlo. Se insiste en una idea fija: la oposición no existe como fenómeno interno legítimo, sino como fabricación externa, como artificio, como manipulación.

Esa tesis no es análisis: Es estrategia. Porque cuando todo disenso se define como “mercenarismo” o “influencia extranjera”, lo que se está haciendo no es describir la realidad, sino negarla. Se elimina al adversario antes de escucharlo. Se invalida la crítica antes de discutirla. Se reduce la pluralidad a una sospecha permanente.

Ese mecanismo tiene un objetivo claro: preservar la cohesión del poder a través del control del significado de las palabras. No se debate con la crítica: se la descalifica. No se responde a la disidencia: se la etiqueta.

Pero la realidad no desaparece por decreto lingüístico.

En la sociedad cubana existen contradicciones profundas, voces diversas, inconformidades reales que no pueden ser borradas con consignas. Negarlas no las elimina: solo las empuja a la sombra.
El resultado de este modelo es previsible: empobrecimiento del debate público, erosión del pensamiento crítico y bloqueo sistemático de cualquier evolución política interna.
Un país no se fortalece negando su diversidad. Se debilita. Un sistema no se legitima silenciando la discrepancia. Se encierra.

Este no es un llamado al odio ni a la consigna vacía. Es un llamado a la lucidez política.

Cuba necesita salir del lenguaje de la negación permanente. Necesita reconocer que el disenso interno no es traición, sino parte natural de cualquier sociedad viva.

Porque cuando el poder confunde crítica con enemigo, deja de gobernar la realidad y comienza a gobernar solo su propia narrativa.

Y ninguna narrativa sustituye a un país real.

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