
James Leininger: el niño que soñaba con la muerte de un piloto
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hay niños que sueñan con monstruos debajo de la cama. James Leininger soñaba con aviones en llamas. Cuando sus padres lo arropaban por la noche, él no gritaba por pesadillas comunes. Gritaba por Zero japoneses, por portaaviones hundiéndose y por compañeros de escuadrón que ya no volverían. Tenía apenas dos años. Y lo que salía de su boca no era el balbuceo de un infante, sino el informe de combate de un piloto que había muerto décadas antes de que él naciera.
Al principio, los padres pensaron que era casualidad. Los niños ven dibujos, repiten frases de la tele, tienen imaginación. Pero James no hablaba de superhéroes. Hablaba de un avión llamado Corsair, de un barco llamado Natoma Bay y de un hombre llamado James. Mencionaba nombres que nunca había escuchado en casa, ni en los libros, ni en ninguna caricatura. Y lo hacía con una certeza que helaba la sangre: «Me derribaron en Iwo Jima», decía. Iwo Jima. Un niño de tres años diciendo Iwo Jima.

Los padres, que al principio habían intentado restarle importancia, empezaron a investigar. Y lo que encontraron los dejó sin aliento. Existió un piloto llamado James M. Huston Jr., derribado en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Volaba desde el portaaviones Natoma Bay. Murió en Iwo Jima. Los detalles que el niño repetía como un eco se alineaban con los registros históricos: el nombre de su compañero de cabina, Jack Larsen, la forma en que fue alcanzado, incluso la marca de su avión. No había manera de que un niño de tres años en Luisiana supiera todo eso.
Dudas… la mente humana
El caso, claro, se volvió un escándalo. Los escépticos dijeron que era imaginación, que los padres habían influido sin querer, que el cerebro infantil es un campo fértil para las falsas memorias. Pero los que lo estudiaron en serio admitieron lo obvio: no había explicación sencilla. James no tuvo acceso a archivos militares. No vio documentales a escondidas. Simplemente recordaba. Como si la muerte no fuera un final, sino un cambio de página.
Hoy, James Leininger ya es adulto. Las pesadillas cesaron hace años. Pero su historia sigue ahí, incómoda para la ciencia, fascinante para los curiosos, imposible de archivar como un simple cuento. Porque si algo enseñó aquel niño de ojos asustados que hablaba de aviones en llamas es que la mente humana es un territorio mucho más extraño de lo que admitimos. Y que quizás, sólo quizás, hay cosas que no terminan cuando cerramos los ojos por última vez. A veces, vuelven a abrirlos en otro niño, en otra cama, en otra guerra que ya no es suya pero que sigue ardiendo en algún rincón del alma.






