Por Jorge Sotero ()
La Habana.- En Cuba, vender medicinas por cuenta propia no es un delito. Es una obligación. No porque la ley lo mande, sino porque la realidad lo exige. El gobierno, con su red de empresas farmacéuticas, ha demostrado ser incapaz de resolver el problema más elemental: que los hospitales tengan lo necesario para operar, que las farmacias tengan lo básico para tratar la hipertensión, la diabetes o la insuficiencia renal.
Así que cuando un cirujano le dice a un paciente: «Lo puedo operar de la hernia, pero usted tiene que traer todo», ese paciente no tiene más remedio que acudir al único lugar donde puede encontrar lo que necesita: un particular. Alguien que, con sus propios medios, trajo del exterior agujas, instrumental, malla, algodón, gasa, hilo y aguja de sutura. Sin importar de qué país. Sin importar el costo.
El sistema de salud cubano, que la propaganda oficial vende como un logro de la revolución, es en la práctica un cascarón vacío. Los médicos están atados de pies y manos. Saben lo que hay que hacer, pero no tienen con qué hacerlo.
Las farmacias son un decorado triste, estanterías vacías donde el polvo es el único producto que no falta. No hay medicamentos para la presión, no hay insulina para los diabéticos, no hay material descartable para las diálisis. Y mientras tanto, los pacientes se las ingenian como pueden, buscando en el mercado negro lo que el Estado no les da. No es que elijan comprar por la izquierda. Es que no tienen otra opción.
Realidad versus corrupción
La paradoja es cruel: el mismo gobierno que persigue a los vendedores particulares es el responsable de que existan. Porque si el Estado fuera capaz de garantizar el suministro, nadie tendría que buscar alternativas. Pero el Estado no puede. No produce. No importa. No distribuye. Y entonces, la gente, que no puede esperar a que la revolución resuelva sus problemas, se las arregla por su cuenta.
Y ese «arreglárselas» pasa por comprarle a quien tiene. A quien se arriesga. A quien trae de afuera lo que aquí no se consigue.
No se trata de defender la especulación. Se trata de entender la realidad. Que alguien venda sueros citostáticos o agujas para suturar no es malo en sí mismo. Es la consecuencia de un sistema quebrado.
Lo malo, lo verdaderamente inmoral, es que desde las propias farmacias estatales, desde las empresas farmacéuticas del gobierno, salgan medicamentos para el mercado negro. Eso es corrupción. Eso es desviar recursos públicos para beneficio privado. Y eso, a diferencia de la venta particular, no tiene justificación posible. Pero de eso, el gobierno no habla.
La realidad no está en discursos
Mientras el pueblo se desangra en hospitales sin anestesia, la clase gobernante se atiende en la clínica Cira García, en el hospital Cimeq, en centros de salud de primer mundo reservados para los Castro y sus más cercanos colaboradores.
Allí no faltan las medicinas, no faltan los insumos. Allí no falta nada. La hipocresía es total: unos viven en la abundancia mientras los otros sobreviven como pueden, comprando en el mercado negro lo que el Estado -que es el dueño de todo y debe responder por todo- les niega. Y luego, para rematar, persiguen a los que venden. No a los que roban. No a los que desvían. A los que venden.
Al final, lo único claro es que el sistema de salud cubano está en ruinas. Y mientras no se reconstruya, mientras el gobierno no sea capaz de garantizar lo más elemental, la venta de medicinas por particulares no solo será lícita, será imprescindible. Porque la vida no espera.
Y los cubanos, que llevan décadas esperando, han aprendido que la única manera de sobrevivir es no esperar. Buscar. Comprar. Vender. Seguir adelante. Esa es la verdadera realidad de la salud en Cuba. No los discursos.
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