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Canelo, Limonardo y Singao: el presidente de los apodos que no puede gobernar

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El impuesto presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, decidió hace unos días hablar de los apodos. No de todos, claro. Solo de aquellos que no le queman. En una de sus recientes entrevistas, con esa cara de funcionario que ha perdido el sueño pero no la costumbre de mentir, dijo que lo llaman «burócrata» y que no ha hecho más que cumplir las directrices del Partido. Uno escucha eso y piensa: ¿burócrata? Si solo fuera eso. Porque el pueblo cubano, que tiene una creatividad verbal que ni los mejores poetas, le ha dedicado una colección de nombretes que harían palidecer a cualquier diccionario de insultos. Pero él no los menciona. Él se queda en la superficie. Como siempre. Como en todo.

La gente lo llama «Canelo». Suena simpático. Suena a perro. Porque eso es, exactamente: el nombre que los guajiros le ponían a los perros callejeros de pelaje amarillento. Pero en la boca del cubano, Canelo no es solo un perro. Es el perro faldero de Raúl Castro. El que mueve la cola cuando el amo se acerca. El que ladra cuando le ordenan. El que nunca, nunca, muerde la mano que lo alimenta. Y Canelo lo sabe. Por eso no le gusta. Por eso se ofende. Y por eso pasa de ese epíteto.

Limonardo y el Puesto a dedo

Luego está «Limonardo». Ese es más antiguo, pero igual de hiriente. Nació de aquella frase fatal, pronunciada con la solemnidad de quien cree estar diciendo algo profundo: «La limonada es la base de todo». La limonada. La base de todo. En un país donde la gente no tiene ni para el azúcar, el presidente habla de limonada como si fuera la clave del desarrollo. La gente, como no podía ser de otra manera, se rió. Y sigue riéndose. Y a él, la risa le duele más que cualquier insulto. Tanto le dolió que su periodista de cabecera, Boris Fuentes, pagó los platos rotos. Lo echaron. Y la limonada siguió siendo la base de nada. Pero el apodo se quedó. Como la vergüenza.

También está «El Puesto a Dedo». Ese no es un apodo, es una definición. Porque nadie, absolutamente nadie, eligió a Díaz-Canel. No hubo elecciones, no hubo campaña, no hubo voto. Raúl Castro lo designó. Lo puso ahí. Como se pone un florero en una mesa. Y le regaló dos mandatos de cinco años. Diez años para que Cuba se hunda un poco más. Diez años para que él, desde su poltrona, vea cómo el país se desmorona sin hacer nada. Porque hacer algo, para él, es cumplir directrices. Y las directrices, como todos sabemos, son las que dicta el que manda de verdad. El que está detrás. El que tiene 94 años y sigue moviendo los hilos.

El Singao

Pero el que más le duele, el que nunca menciona, el que lo persigue en sueños, es «Singao». Lo peor que se le puede decir a un cubano. La palabra que resume todo lo malo que puede tener una persona. Y él lo es. Singao por no saber gobernar y por no tener carácter. Singao por permitir que su país se desangre mientras él habla de limonada y de colonización cultural y Singao por no dimitir. También Singao por seguir ahí, como un estorbo, como un recuerdo de que la revolución, hace tiempo, dejó de tener sentido. Y él, con sus apodos, es el símbolo de esa falta de sentido.

Al final, los apodos de Díaz-Canel no son solo un juego de palabras. Son el termómetro de un país que ya no le tiene miedo. Que se ríe de él. Que lo reduce a chiste. Porque cuando un presidente se convierte en meme, cuando la gente lo llama por el nombre del perro, cuando su propia gestión se resume en una limonada, algo ha pasado. Algo se ha roto.

Y él, en lugar de enfrentarlo, prefiere hablar de «burócrata». Como si eso fuera lo peor. Como si la gente no supiera que hay cosas mucho más graves. Como si el pueblo no le hubiera puesto, en el fondo, el único apodo que realmente le queda: el de un hombre que nunca debió estar ahí. Singao. Y punto. No hay más que hablar.

Y él lo sabe. Por eso calla. Por eso no lo dice. Porque decirlo sería reconocerlo. Y reconocerlo, para un presidente impuesto, es el principio del fin. El fin que todos esperamos. El fin que, con cada apodo, se acerca un poco más. Canelo, Limonardo, El Puesto a Dedo, Singao… todos son el mismo. Todos son él.

Y todos, tarde o temprano, serán historia. Como los Castro. Como la revolución. Como todo lo que un día creímos eterno. Pero que, gracias a la risa, hemos aprendido a enterrar. Y a recordar. Y a olvidar. Y a superar. Como debe ser. Como será.

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