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El régimen cubano suelta a los delincuentes comunes y entierra vivos a los presos políticos

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El régimen cubano acaba de orquestar otro de sus montajes mediáticos: un indulto a más de dos mil presos que, según la versión oficial, demuestra “humanismo revolucionario”. No se dejen engañar. Ese gesto, hábilmente difundido para consumo externo, no ha tocado ni a uno solo de los verdaderos presos políticos.

Los liberados son, en su inmensa mayoría, delincuentes comunes o personas condenadas por delitos menores que ya estaban próximas a cumplir su condena. El truco es viejo, pero la dictadura de los Castro lo recicla cada vez que necesita oxígeno diplomático. Adentro, la represión no cesa. Afuera, intentan vender humo.

¿Quiénes siguen tras las rejas? Los nombres que el pueblo cubano reclama con dignidad y la comunidad internacional señala sin ambages: los hermanos Jorge y Nadir Martín Perdomo, Luis Manuel Otero Alcántara y más de mil presos políticos cuyas “largas e injustas condenas” son el verdadero rostro del castrismo.

Mientras el régimen suelta a los que no le importan, mantiene en celdas de la Seguridad del Estado a quienes ejercieron su derecho a protestar, a pedir libertad, a alzar la voz sin armas. No hay indulto que valga cuando el propio gobierno admite, con sus actos, que la disidencia se paga con años de cárcel sin misericordia.

La terquedad heredada

La explicación es una sola: la política terca heredada del ya fallecido sátrapa Fidel Castro. Ese “no dar el brazo a torcer” que tanto pregonaba sigue siendo el manual de la familia gobernante. Para afuera, la consigna es clara: “Cuba no negocia con presiones”. Para adentro, el mensaje es aun más brutal: “cualquier manifestación o protesta será duramente reprimida”.

Por eso no verá jamás a los Martín Perdomo salir antes de cumplir sus condenas enteras. No importa que las sentencias sean un insulto a la justicia universal, ni que organismos como la ONU o la CIDH hayan documentado torturas y procesos arbitrarios. El orgullo enfermo del poder les importa más que la vida de sus propios ciudadanos.

Este aferramiento no es improvisación: es un mensaje de hierro ensayado durante décadas. Cuando en 2003 Fidel Castro ordenó la “república de los fusilamientos simbólicos” y encarceló a 75 disidentes en una sola noche, la comunidad internacional protestó. ¿El resultado? Cumplieron íntegras sus condenas, y algunos murieron en prisión.

Hoy la partitura no ha cambiado: los hermanos Perdomo, Otero Alcántara y más de mil presos políticos son los rehenes de una dictadura que prefiere ser odiada a ser vista como débil. Y lo dicen sin tapujos: “No los soltamos porque no queremos que nadie crea que las protestas tienen premio”. Eso no es justicia, es venganza institucionalizada.

Trump

La comunidad internacional lo sabe, el pueblo cubano lo sufre y muchos gobiernos lo condenan, pero pocos actúan con contundencia. Por eso la esperanza, para quienes llevan años encerrados por soñar con una Cuba libre, está empezando a mirar hacia Washington. Donald Trump ha anunciado que tiene planes concretos para asfixiar al régimen y forzar la liberación de todos los presos políticos.

No es retórica de campaña: durante su primer mandato reinstaló la lista de países patrocinadores del terrorismo y endureció las sanciones. Ahora, con un enfoque aún más agresivo, podría condicionar cualquier alivio económico a la excarcelación inmediata e incondicional de cada disidente encarcelado.

Así que no confundamos: el indulto de mentiritas no es un avance, es una burla. Mientras el régimen de los Castro siga liberando delincuentes comunes para fingir grandeza, los verdaderos presos políticos —los que el pueblo reclama en cada protesta, los que la comunidad internacional no olvida— se pudrirán en celdas inmundas a menos que una presión real los alcance.

Esa presión puede llegar con Trump o con una comunidad internacional que decida dejar de comprar el cuento del “humanismo revolucionario”. Mientras tanto, los hermanos Martín Perdomo, Luis Manuel Otero Alcántara y más de mil héroes anónimos esperan. No con resignación, sino con la certeza de que la terca dictadura caerá… y ellos, al fin, serán libres.

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