Por Padre Alberto Reyes ()
Esmeralda (Camagüey).- Mi ordenación fue un jueves, no un jueves santo pero sí uno de esos días en que, como trasfondo, están la eucaristía, la institución del sacerdocio y el mandamiento del amor. Un jueves hace ya casi 30 años.
30 años de fidelidad y rebeldías, 30 años de luces y de sombras, 30 años de paz, de disponibilidad y gozo, y 30 años de desánimos, de cansancios, de tristezas contenidas. Y 30 años de vida.
30 años en los que, en medio de todos los altibajos de mi existencia, ha permanecido como certeza inamovible la frase que elegí como lema sacerdotal: “Porque yo estoy contigo”, tomado del texto de la vocación del profeta Jeremías, un profeta que no quería ser profeta, un muchacho temeroso y asustado, un joven que se sentía incapaz de hablar al pueblo en nombre del Señor. Un hombre al que Dios se le impone, un ser llamado a quien Dios le pide confiar, y al que ofrece la única seguridad que él da: “Yo estoy contigo”.
A lo largo de estos casi 30 años, he intentado ser “sacerdote del Señor”, libre para él, disponible para su Reino, y he intentado responder al “Yo estoy contigo” con la frase de otro profeta, del Samuel que le dice: “Aquí estoy, aquí estoy para hacer tu voluntad”, esa voluntad que, por momentos, se me vuelve cuesta arriba, esa voluntad que sé que es lo mejor, pero que necesita tantas veces combatir con lo más fuerte de mis instintos, de mis cansancios, de mis egoísmos.
A lo largo de casi 30 años, una y otra vez, he consagrado el pan y el vino, y he creído profundamente cuando repito “esto es mi cuerpo”, “esto es mi sangre”. He visto inclinarse la cabeza de niños y adultos, y me he gozado internamente diciéndoles: “Yo te bautizo…”. He escuchado una y otra vez la parte oscura de las almas, y he creído profundamente cada vez que he dicho: “Yo te absuelvo”. Me he sentado, reverente, junto al lecho del que sufre, del que está por partir hacia lo eterno, y he creído profundamente
al ungirlo y pedirle a Dios “que te conforte en tu enfermedad”. He repetido una y otra vez: “Qué lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”, deseándoles, desde lo más hondo, un camino “hasta que la muerte los separe”.
He amado, a veces de modo heroico, a veces de modo imperfecto. He amado, a
veces con toda mi alma, a veces con sólo un trocito de ella. He aprendido que el “ámense” no significa sentir cariño, sino vivir en actitud de amor, hacer el bien, ayudar, consolar, acompañar, estar… más allá de si esto parte de mi corazón o de mi hígado, y me he reconciliado con la realidad de que no puedo pedir a mis emociones que se sometan a mi voluntad, pero que sí puedo pedir a mi voluntad que no se deje secuestrar por mis
emociones.
Y después de casi 30 años, sigue viva en mí la frase con la que concluí la homilía de mi primera misa, una frase que no es mía pero con la que me identifico y que dice: “Al
final de la vida me preguntarán: ¿Has amado? Y yo no diré nada. Mostraré las manos vacías y el corazón lleno de nombres”.
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