Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Yuni de Cuba, o como se llame el operario -u operaria- de la Seguridad del Estado que teclea tras ese perfil de sonrisita de cartón, ha vuelto a las andadas. Esta vez el blanco es el padre Alberto Reyes, un sacerdote que ha tenido la osadía de decir lo que piensa desde las páginas de El Vigía de Cuba y desde sus reflexiones en redes sociales.
La acusación, como siempre, es la misma: que pide la destrucción de Cuba, que es un agente del imperio, que se esconde detrás de la Biblia para sembrar el odio. El estilo, también el mismo: una mezcla de indignación fingida, citas fuera de contexto y ese tono de “revolucionaria indignada” que tanto gusta en los perfiles falsos que el régimen usa para desacreditar a todo aquel que levanta la voz.
Lo curioso es que Yuni de Cuba, que se presenta como “creyente a su manera”, no tiene problema en mentir. Dice que el padre Alberto pide que bombardeen Cuba. Miente. Dice que el padre Alberto quiere volver a la Cuba de antes del 59, la de los analfabetos y los niños sin médicos. Miente. Dice que el padre Alberto calla el bloqueo. Miente, miente, miente.
Porque lo que el padre Alberto ha hecho, desde su columna y desde sus reflexiones, es precisamente lo contrario: señalar las injusticias, denunciar la represión, abogar por una Cuba mejor. Y eso, en este país, es pecado. Un pecado que la ciberclaria oficial se encarga de castigar con bilis digital.
La denuncia del sufrimiento humano
Yuni de Cuba se rasga las vestiduras porque el padre Alberto habla de “sociedad de miedo y sometimiento”. Y uno se pregunta: ¿acaso no es eso lo que vivimos? ¿Acaso no es cierto que los cubanos crecemos aprendiendo a callar, a no opinar, a no salirnos de la línea?
¿Acaso no es cierto que los padres enseñamos a nuestros hijos a tener miedo, no por maldad, sino porque sabemos que una palabra de más puede costarles años de cárcel? El padre Alberto no inventa nada. Solo describe. Y esa descripción, por ser verdadera, duele. Y lo que duele, en este régimen, hay que atacarlo.
La ciberclaria también acusa al padre Alberto de no hablar del bloqueo. Pero el padre Alberto habla de lo que ve: la represión, los presos políticos, las colas, el hambre, la falta de libertades. No porque el bloqueo no exista, sino porque el régimen usa el bloqueo como excusa para todo, para tapar su propia incompetencia, para justificar lo injustificable.
El padre Alberto no es un político, es un sacerdote. Y su misión no es analizar la geopolítica del bloqueo, sino denunciar el sufrimiento humano que ve a su alrededor. Y ese sufrimiento, señora Yuni, no lo causa el bloqueo. Lo causa un sistema que ha convertido la miseria en política de Estado.
Ataques por decir la verdad
Lo más patético del alegato de Yuni de Cuba es su intento de apropiarse de la fe. Habla de Jesús, de los curas de verdad, de los que visitan hospitales y están con el pueblo. Pero Jesús también fue perseguido por decir la verdad. Jesús también fue acusado de blasfemo por las autoridades de su tiempo. Jesús también fue condenado por aquellos que no soportaban que alguien les dijera que estaban equivocados.
El padre Alberto no hace otra cosa que seguir ese ejemplo: decir la verdad, aunque duela. Y por eso lo atacan. Por eso lo difaman. Por eso la ciberclaria oficial escupe su bilis contra él.
Al final, lo que Yuni de Cuba revela no es la “traición” del padre Alberto, sino el miedo del régimen. El miedo a que alguien, desde una sotana, diga lo que millones de cubanos piensan en silencio. El miedo a que la palabra de Dios se use para denunciar, no para callar, y el miedo a que la verdad, por más que la intenten enterrar, siempre termina abriéndose paso.
Ya sé, el padre Alberto no necesita defensa. Su defensa es su coherencia. Pero nosotros, los que hemos leído sus textos, los que conocemos su labor, los que sabemos que su único pecado es querer una Cuba mejor, tenemos la obligación de decir: basta de mentiras. Basta de perfiles falsos. Basta de ciberclaria oficial.
El padre Alberto no es un enemigo de Cuba. Es un cubano que, desde su fe, lucha por una Cuba libre. Y eso, señora Yuni, o como se llame el operario que hay detrás, es más revolucionario que todas sus consignas juntas.
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