Por Jorge L. León ()
Houston.- La historia suele ser generosa con los hombres que detentan el poder durante largos periodos. Les atribuye una dimensión casi mítica, como si la duración fuese sinónimo de talento. Sin embargo, en el caso de Fidel Castro (1926–2016), esa asociación merece ser cuestionada con rigor. ¿Fue realmente un hombre de talento excepcional o, más bien, un hábil sobreviviente político cuya obra revela profundas limitaciones intelectuales y prácticas?
Para entenderlo, conviene situarlo en una tríada conceptual: Nicolás Maquiavelo (1469–1527), Karl Marx (1818–1883) y Thomas Hobbes (1588–1679). No como equivalentes, sino como espejos donde se reflejan, de forma fragmentaria, los rasgos de su ejercicio del poder.
Maquiavelo describió, con crudeza, la lógica del poder desnudo: conservar el mando a cualquier costo. En Castro encontramos no al teórico, sino al ejecutor persistente de esa lógica. Supo manipular, dividir, prometer y rectificar sin rubor, construyendo una narrativa épica que ocultaba una práctica política esencialmente pragmática y oportunista.
Sin embargo, donde el florentino ofrecía una radiografía lúcida del poder, Castro exhibió una dependencia casi instintiva de esos mecanismos, como si careciera de una visión superior que trascendiera la mera conservación del mando. No hay en su obra política un refinamiento estratégico sostenido, sino una reiteración de fórmulas de control.
El marxismo como dogma y rudimento
De Marx tomó, o creyó tomar, la estructura ideológica. Sin embargo, aquí emerge con mayor claridad la fragilidad de su supuesto talento. La implementación del modelo marxista en Cuba no reveló profundidad teórica, sino una lectura simplificada, dogmática y, en muchos aspectos, rudimentaria.
La economía cubana, lejos de convertirse en un laboratorio exitoso de justicia social, derivó en un sistema crónicamente ineficiente, dependiente y empobrecido. El fracaso no puede atribuirse únicamente a las condiciones externas; responde también a la incapacidad de adaptar, innovar o corregir. Donde un verdadero talento habría introducido matices o rectificaciones, Castro perseveró en el error, elevándolo a doctrina.
En Hobbes encontramos la justificación del Estado absoluto como garante del orden. Castro llevó esta idea a su máxima expresión: un Estado que no solo regula, sino que invade, sustituye y anula al individuo. Pero incluso aquí, donde podría suponerse una arquitectura política coherente, lo que emerge es un aparato rígido, incapaz de generar dinamismo social o institucional. El orden impuesto no derivó en estabilidad creativa, sino en parálisis. El miedo sustituyó a la participación; la obediencia, al pensamiento.
Astucia, rigidez y absolutismo
Así, en la confluencia de estos tres referentes, no aparece un genio político, sino una figura que amalgama lo más funcional, y también lo más limitado, de cada uno: La astucia sin escrúpulos de Maquiavelo, la rigidez ideológica de Marx y el absolutismo de Hobbes. Pero sin la profundidad intelectual del primero, sin la complejidad analítica del segundo y sin la coherencia filosófica del tercero.
El resultado fue un sistema sostenido más por la inercia del control que por la vitalidad del talento. Un país atrapado en una narrativa que exaltaba a un líder “iluminado”, mientras la realidad cotidiana evidenciaba carencias estructurales, improvisación constante y ausencia de soluciones efectivas.
Castro creyó, o hizo creer, que encarnaba una misión histórica superior. Sin embargo, los hechos sugieren otra lectura: la de un hombre que confundió permanencia con grandeza, control con inteligencia y resistencia con éxito. Su legado no es el de un arquitecto brillante, sino el de un conductor obstinado que, incapaz de rectificar, terminó institucionalizando el error.
En última instancia, el verdadero talento político no se mide por la duración en el poder, sino por la calidad de las transformaciones que deja. Y es ahí donde la figura de Fidel Castro, despojada de retórica y examinada a la luz de sus resultados, deja más dudas que certezas.
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