La Habana.- Sandro Castro, nieto predilecto de Fidel, ha decidido dar una entrevista a la CNN. Y no una entrevista cualquiera. Ha hablado de capitalismo, de Díaz-Canel, de la escasez, de su abuelo, de todo. Lo hizo con la soltura de quien sabe que no le va a pasar nada. Con la tranquilidad de quien puede criticar al presidente impuesto sin que nadie lo llame a declarar.
El tiene la seguridad de que, al día siguiente, hoy o de acá a una semana, ningún policía lo estará esperando en la puerta de su casa para llevárselo a una celda. Porque Sandro Castro no es un cubano común. Es un Castro. Y en Cuba, los Castro pueden decir lo que les dé la gana. Al resto, ya sabemos lo que le pasa.
Dijo que en Cuba hay mucha gente que piensa “capitalistamente”. La frase, lanzada con la naturalidad de quien describe el clima, merece un análisis. ¿Y cómo piensa capitalistamente la gente, Sandro? ¿Piensa como tú, que tienes una vida de lujos, viajes, restaurantes, whisky, mientras el país se desmorona?
¿Piensa como los que no pueden abrir un negocio sin pagar coimas, como los que no tienen electricidad para cocinar, como los que no tienen agua para bañarse? ¿O piensa capitalistamente esa inmensa mayoría que lo único que quiere es sobrevivir sin que el Estado le robe hasta la esperanza? Porque si eso es pensar capitalistamente, entonces estamos todos pensando igual. Solo que tú, Sandro, tienes la suerte de haber nacido donde naciste.
Una historia escrita con sangre cubana
También criticó a Díaz-Canel. Dijo que el gobierno es “muy centralizado”, que las decisiones tardan, que la burocracia ahoga. Y uno escucha eso y se pregunta: ¿en qué país vive Sandro Castro? Porque Díaz-Canel no es más que el mayoral, el administrador de la finca que los Castro le dejaron.
Si el gobierno es centralizado, es porque ellos lo centralizaron. Si la burocracia ahoga, es porque ellos la crearon. Y si las decisiones tardan, o todo sale mal, es porque ellos pusieron a los que deciden. Pero Sandro, en su papel de nieto disidente, se permite señalar con el dedo al hombre que los Castro pusieron para que hiciera exactamente lo que ellos mandan. Es como si el dueño de una empresa criticara a su gerente por hacer lo que él le ordenó. Ridículo.
Y luego habló de su abuelo. Dijo que Fidel Castro “tenía sus ideas, pero respetaba las de otras personas”. Ahí es donde uno siente que el suelo se abre. Porque si hay algo que define a Fidel Castro no es precisamente el respeto por las ideas ajenas. Es la persecución, la cárcel, el fusilamiento, el exilio. Es la imposición de un pensamiento único y la eliminación de cualquiera que se atreviera a pensar distinto.
Pero Sandro, desde la comodidad de su casa con jardín y nevera llena -aunque muestre un refrigerador semivacío-, nos dice que su abuelo respetaba a los demás. Como si los muertos del remolcador 13 de marzo, los alzados del Escambray o los fusilados en La Cabaña o la Loma de San Juan no existieran. Tampoco los presos políticos, los exiliados. Como si la historia no estuviera escrita con sangre.
Disidente no, privilegiado
Y para colmo, se quejó de que a él también le falta corriente, agua, que se le demoran las mercancías. Quiso ponerse a la altura del sufrimiento del pueblo. Quiso decir “yo también padezco”. Pero nadie se lo cree. Porque los Castro no han padecido nunca. No han hecho colas, no han comido pizza de harina de arroz, no han visto a sus hijos enfermos sin medicinas, y no han dormido con el ruido de los apagones como única compañía.
Los Castro tienen plantas eléctricas, tienen tanques de agua, tienen neveras llenas, tienen todo. Decir que sufren es un insulto a los que de verdad sufren. Es una burla. Es el colmo del cinismo.
Al final, la entrevista de Sandro Castro no es más que eso: un ejercicio de cinismo bien vestido. Un nieto de dictador que critica al dictador de turno, se presenta como víctima y se permite hablar de capitalismo mientras el país se desangra. Y lo peor no es que él lo haga. Lo peor es que todavía hay quien se lo cree. Que todavía hay quien aplaude sus declaraciones como si fuera un disidente de verdad.
No, Sandro no es un disidente. Es un privilegiado que, desde su burbuja, nos dice que él también sufre. Y nosotros, los que de verdad sufrimos, los que de verdad no tenemos luz, ni agua, ni comida, ni libertad, solo podemos mirarlo y preguntarnos: ¿qué haría tu abuelo si supiera que estás hablando así en la CNN? ¿Te aplaudiría o te mandaría a la misma celda donde mandó a todos los que pensaban diferente?
La respuesta, me temo, es obvia. Pero no la vas a dar. Porque para eso, Sandro, hace falta valor. Y los Castro, lo hemos visto, solo tienen valor para mandar a otros al paredón. Nunca para mirarse al espejo.