Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- El gobierno cubano ha comenzado a tomar medidas económicas desesperadas en los últimos días, un giro que pone en evidencia la profundidad de la crisis y la falta de alternativas reales. De pronto, la diáspora —tantas veces despreciada— se convierte en un actor imprescindible, y el pueblo cubano, aislado durante 67 años del desarrollo económico global, es convocado a confiar nuevamente en quienes lo han conducido al estancamiento.
Las nuevas propuestas incluyen empresas mixtas con entidades estatales, pagos en criptomonedas, proyectos de inversión y cuentas en divisas en bancos cubanos. Incluso se habla de negociaciones con Estados Unidos para atraer capital. Todo ello surge como respuesta a una gestión económica que ha llevado al país a un abismo del que ya no puede salir con consignas.
El gobierno tiene ante sí una oportunidad histórica para prolongar su permanencia en el poder, pero esa posibilidad exige reformas políticas profundas. Por ahora, se niega a emprenderlas.
Miguel Díaz-Canel continúa exhibiendo una soberbia que contrasta con la realidad del país. Se comporta como si aún fuera visto como un líder confiable, cuando para la mayoría es el principal responsable del deterioro actual. Su ciclo político ha terminado, aunque él no lo admita. Será el pueblo cubano quien, más temprano que tarde, tome las riendas de su destino.
Las medidas económicas improvisadas, los discursos de “resistencia creativa” y los llamados a cocinar con carbón o a usar bueyes para la tracción animal ya no encuentran eco. La población ha dejado de creer en soluciones que no resuelven nada.
Ayer, en un gesto que mezcla fe y desconexión, Díaz-Canel afirmó que Cuba podría alcanzar una economía superior a la de China o Vietnam, tomando “lo mejor” de ambas. La afirmación abre varias preguntas. La primera: ¿cree realmente estar capacitado para semejante empresa, cuando su gestión se ha limitado a culpar a Estados Unidos de cada fracaso? La segunda: si sabe qué debe hacer, ¿por qué condujo al país al borde del colapso antes de admitirlo?
Y una tercera: ¿cómo espera lograr esa economía “milagrosa” bajo el mismo bloqueo que él señala como causa de todos los males? Si no lo consigue, ya se sabe a quién responsabilizará.
Todo apunta a que será más de lo mismo. Y eso confirma que Díaz-Canel ya no tiene espacio político en Cuba. Su deterioro físico, sus ojeras y su evidente desgaste muestran que, detrás de la retórica revolucionaria, sabe que su tiempo se agota.
Quizás por temor, o quizás porque Raúl Castro sigue siendo quien realmente decide, Díaz-Canel evita abrir un diálogo serio con Estados Unidos que permita avanzar hacia libertades reales para el pueblo cubano. Ese camino podría darle una salida menos abrupta, incluso hasta la celebración de elecciones libres, pero requiere un mínimo de valentía política.
La finca ya no le pertenece, y los “esclavos” —como los trató el sistema durante décadas— han llegado a un nivel de desesperación que hace imposible seguir creyendo en su terrateniente.



