Por Padre Alberto Reyes ()
Esmeralda (Camagúey).- Cristo siempre será nuestro referente máximo, pero los santos, al compartir nuestras mismas fragilidades y, a pesar de ellas, haber logrado vivir en fidelidad al Evangelio, se convierten en modelo e inspiración, en un punto de referencia.
San José es alguien con quien el pueblo cubano puede identificarse con mucha facilidad, porque las
condiciones en las que vivió se parecen mucho a las condiciones en que estamos viviendo nosotros.
San José vivió en una época marcada por la pobreza y la necesidad, por la inseguridad y el poder
despótico, por la falta de derecho y de justicia, porque el país estaba en manos de una autoridad que no
conocía límites y que generaba un ambiente de inseguridad y miedo.
Ante esto, José es encargado por Dios de ser el inspirador de su hijo, por tanto, es el hombre que,
en primer lugar, está presente y atento a su familia: se compromete, lucha, trabaja, protege, cuida… En
medio de un mundo convulso, es roca para su familia.
Y es el hombre que en todo momento es fiel a Dios, sin protestar, sin cuestionar, con lo cual,
transmite un mensaje clave: cuando una persona tiene como centro a Dios, pierde el miedo, tiene fuerza,
no es manipulable, no es chantajeable…
José fue el referente para el Señor, y es también nuestro referente, porque es aquel a quien podemos
decirle: “ayúdame con mi trabajo, ayúdame a cuidar y proteger a mi familia, y ayúdame a centrarla en
Dios”.
San José, el referente y los hijos
Asumir a San José como referente, nos permite ser un referente para nuestros hijos.
Somos un país que necesita sanar. Durante generaciones hemos crecido en la mentira, en la doble
moral, en la simulación y en el miedo. Y esto necesita sanar. Y para sanar, nuestros hijos necesitan que
seamos sus referentes.
Cuando le decimos a un hijo: “cuídate, no digas lo que piensas, no digas lo que crees, di lo que todo
el mundo dice…”, lo estamos enseñando a ser un esclavo.
Cuando permitimos a nuestros hijos participar en un acto de repudio, o los dejamos integrar las
brigadas de respuesta rápida, estamos enseñándolos a ser intolerantes y violentos.
Y cuando, por miedo, impedimos a nuestros hijos ir a la Iglesia, estamos quitándoles la mayor fuerza
que pueden tener.
En resumen, estamos haciendo que nuestros hijos crezcan enfermos. Y envejeceremos viendo a
nuestros hijos crecer sometidos, a no ser que nuestros hijos digan: “me voy de aquí”, y vayan a buscar en otro lugar lo que no les ofrecimos, y envejeceremos entonces separados de nuestros hijos, porque no les enseñamos a sanar, no les enseñamos a crecer en la verdad, no les enseñamos a creer en Dios.
Una vida en el bien, en la verdad, en la justicia y en la libertad, se construye. Del mismo modo que
durante años se construyó aquí una sociedad de mentira, de injusticia, de miedo y sometimiento, así nos
toca a nosotros hoy construir una sociedad nueva, diferente, libre y, sobre todo, sana.



