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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hace casi veinte años que no veo a mis hermanas. Ellas están en Chicago, yo en La Habana. Entre nosotros, un mar de 1.500 kilómetros y un muro burocrático que ni la distancia ni el cariño pueden derribar. He intentado conseguir una visa una y otra vez. Una y otra vez me la han negado. No porque tenga antecedentes, no porque represente una amenaza. Sino porque este gobierno, el mismo que me condena a hacer colas para un pan que no llega, también me condena a no poder abrazar a mi familia.
Si Cuba perteneciera a Estados Unidos, no habría visas. No habría entrevistas en la embajada. No habría carpetas que se acumulan en algún escritorio. Habría un vuelo directo de La Habana a Chicago, y mis hermanas me estarían esperando en la puerta de llegadas.
La economía cubana no está enferma, está muerta. La mataron. La mataron los Castro cuando nacionalizaron todo lo que tenía nombre de propiedad privada. La mataron cuando convirtieron la agricultura en un páramo de marabú y desidia. Es como decir que la mataron cuando dejaron que las fábricas se oxidaran, los trenes se pudrieran, los puertos se atascaran.
Hoy, un cubano no puede emprender sin pedir permiso, no puede vender sin pagar coimas, no puede soñar sin que el Estado le recuerde que su vida no le pertenece. Si Cuba perteneciera a Estados Unidos, el dinero no tendría que esconderse en sobres bajo el colchón. Llegaría en forma de inversiones, de créditos, de capital. Despertaría una economía que lleva 67 años en coma inducido.
La infraestructura cubana es un monumento a la desidia. Las carreteras son un viacrucis de baches, los ferrocarriles son piezas de museo rodantes, los aeropuertos parecen terminales de provincia abandonadas. El gobierno federal de Estados Unidos, con su presupuesto de defensa y su capacidad de inversión, arreglaría esto en cinco años.
Cinco años. Autopistas que conecten Pinar del Río con Maisí, trenes de alta velocidad que hagan el trayecto La Habana-Santiago en cuatro horas, aeropuertos con vuelos directos a Miami, a Nueva York, a Los Ángeles. Sin embargo, ahora mismo el castrismo sigue hablando de bloqueo, de agresiones, de la amenaza imperial. Pero la amenaza real para ellos no es el imperio, es que los cubanos dejemos de tener miedo.
El turismo, que fue la última tabla de salvación de la economía cubana, está hoy en cuidados intensivos. Los hoteles, vacíos. Las aerolíneas, suspendidas. Y los turistas, que antes llegaban en manadas, hoy prefieren otros destinos. Si Cuba perteneciera a Estados Unidos, el turismo no sería una industria, sería una explosión.
Cayo Coco sería Cancún. Varadero sería Miami Beach. La Habana Vieja sería el barrio más cool del Caribe. Y no solo los americanos vendrían: el mundo entero sabría que Cuba es segura, que Cuba tiene luz, que Cuba tiene internet, que Cuba tiene lo que tiene cualquier destino turístico de primer mundo. Los hoteles que hoy se caen a pedazos se llenarían de inversionistas. Los restaurantes que hoy sobreviven con tres platos volverían a ser los templos gastronómicos que fueron.
Las comunicaciones cubanas son un insulto al siglo XXI. El internet es un rumor, la telefonía es un milagro, las redes sociales son un privilegio de unos pocos. Si Cuba perteneciera a Estados Unidos, todo eso cambiaría de la noche a la mañana. No porque haya una ley, sino porque el mercado lo exige.
Las compañías de telecomunicaciones, las plataformas digitales, los proveedores de servicios, todos querrían estar en Cuba. Y los cubanos, por fin, podríamos hablar con nuestras familias en el exterior sin que el gobierno nos escuche. Podríamos ver Netflix sin cortes. Podríamos trabajar remoto para empresas de Silicon Valley. O podríamos ser parte del mundo digital que hoy nos es esquivo.
Los ancianos cubanos, esos que lo dieron todo por una revolución que luego los abandonó, hoy sobreviven con una pensión de miseria. Si Cuba perteneciera a Estados Unidos, tendrían seguridad social. Tendrían Medicare. Tendrían una jubilación digna.
Los niños tendrían escuelas con computadoras, no con goteras. Las familias tendrían casas con luz las 24 horas, no con apagones programados. Los jóvenes no tendrían que elegir entre quedarse a morir de hambre o irse a morir de frío en una balsa.
Cuba sería parte de Estados Unidos, y los cubanos seríamos estadounidenses. No tendríamos que emigrar porque ya estaríamos en el país más poderoso del mundo. No tendríamos que pedir visa porque la visa sería nuestra. Y no tendríamos que esperar veinte años para ver a nuestras hermanas porque las hermanas estarían a un vuelo de distancia. Eso, amigos, no es rendición. Es sentido común. Es historia: la única salida.