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El patriotismo verdadero: lealtad a la patria, no a la dictadura

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Por Joel Fonte ()

La Habana.- Por esos privilegios que el azar nos reserva en la vida, establecí vínculos recientemente con la familia de un adolescente de solo 16 años, encarcelado ahora mismo por participar en manifestaciones populares que han movilizado la atención y la conciencia de millones de cubanos y de personas de buena voluntad en todo el mundo.

Fueron protestas legítimas para exigir libertades, derechos políticos, económicos, sociales; y él marchó y demandó en voz alta lo que su generación y toda la nación demandan: vivir en una Cuba donde se respete la vida humana sin condicionamientos ideológicos, sin exigencia de lealtades políticas.

Ese niño —porque más que un adolescente, es un niño— encarna, entre muchos otros valores formados en una familia profundamente cristiana, uno que la dictadura de los hermanos Castro ha procurado silenciar, adormecer, mutilar, retorcer: el patriotismo.

Y me refiero al patriotismo verdadero.

Porque, entre los tantos conceptos deformados, manipulados por la maquinaria de propaganda de la dictadura, y que ha envenenado la conciencia de muchas generaciones que suman millones de cubanos, está ese.

Martí, el jemplo más grande

El patriotismo es el pensamiento —a la vez que tiene un componente emocional, espiritual— que vincula a una persona con su patria, entendida esta última como su suelo, su tierra natal.

El patriotismo implica mostrar preocupación, devoción por el destino, por el bienestar de ese país y del conjunto de sus habitantes, e implica conciencia nacional, compromiso con los valores más identitarios de la nación donde tenemos origen.

Y Cuba tiene, como tierra honda y buena, tantos grandes ejemplos de patriotas…

Martí, el más universal de todos, con poco más de 40 años, llevaba a Cuba en el alma con la devoción de un poseído.

El mismo Martí cuyo pensamiento ha sido manipulado, y que el castrismo miserablemente ha intentado apropiarse como símbolo.

Entonces, lo que el patriotismo no implica ni podrá ser jamás es lealtad ideológica a un diseño de poder político, ni subordinación a un grupo en el poder.

No lo significa, así como tampoco la patria, esa tierra en que nacemos, que nos ata emocionalmente, no es sinónimo ni está relacionada con un partido político, con nada que represente a un grupo, y menos aún que menoscabe el interés colectivo de la nación.

Y lo que Fidel Castro inició desde el mismo 1959 fue identificar al patriotismo con el régimen que impuso, condenando de antipatriotas, de traidores y mercenarios a todos los que no se le subordinaran, que no doblaran la cerviz ante su autoritarismo brutal.

Lo logró apoyado en la nefasta combinación de un pueblo primero inocente y crédulo, y luego temeroso de la represión, de la violencia que el castrismo desató.

El falso periodismo y el régimen

Y siempre contando con la complicidad del aparato de propagandistas de la dictadura en que devino también muy pronto el ejercicio del periodismo en Cuba.

Porque si algo deberá ser analizado con profundidad en la Cuba futura, para evitar que vuelva a ocurrir, y condenado, es el criminal servicio que falsos periodistas han prestado al castrismo.

Propagandistas del mal han sido los que han dado la espalda a la honrosa labor de informar, de decir la verdad, de ser contrapeso del poder, de denunciar la corrupción, los crímenes sistemáticos y prolongados contra un pueblo indefenso que ha sido saqueado, exterminado.

Y propagandistas del mal han sido también los que a la sombra de ese poder, desde distintas posiciones, se han enriquecido, arropado de privilegios, y para conservarlos han sido también Judas de la nación cubana.

Ellos, empleando edulcoradas palabras de Zweig, no son patriotas, sino parte de una innoble masa que, ciega al pudor, «gira hacia el lado donde se encuentra el centro de gravitación del poder»…

No más dictadura en Cuba. Basta de tolerar injusticias. No más temor.

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