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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Vecinos contra vecinos: la ingeniería moral del terror en Cuba
Houston.- Hubo un momento en la historia de Cuba en que la vileza dejó de ser un acto individual para convertirse en política de Estado. No fue un estallido espontáneo, ni una reacción popular desbordada. Fue algo mucho más grave, más frío, más calculado: la institucionalización del odio.
Los llamados mítines de repudio no nacieron del pueblo; fueron diseñados desde el poder. Concebidos como un mecanismo de castigo público, su objetivo era claro: deshumanizar al que disentía, aislarlo socialmente y quebrar su dignidad ante la mirada de todos.
Se organizaban con precisión. No había improvisación. Brigadas movilizadas, consignas repetidas como letanías, presencia vigilante de los órganos de control. Lo que se presentaba como indignación popular era, en realidad, una escenificación dirigida. El Estado no solo permitía la violencia: la inducía, la justificaba y la celebraba.
Gritos, insultos, huevos, piedras, pintura lanzada contra las casas, amenazas…
Pero más allá de lo físico, el verdadero daño fue moral. Vecinos contra vecinos. Amigos contra amigos. Familias marcadas. El individuo señalado dejaba de ser persona para convertirse en “enemigo”, en objeto de escarnio.
Ahí radica una de las perversiones más profundas del sistema: lograr que la víctima no solo sea reprimida por el poder, sino también por su propio entorno.
El discurso oficial intentó siempre disfrazar estos actos como expresiones “espontáneas del pueblo revolucionario”. Pero la historia, cuando se observa sin miedo ni consignas, revela otra verdad: fue una estrategia deliberada para sembrar el terror social sin necesidad de recurrir siempre a la represión directa del aparato estatal.
Porque cuando el miedo se instala en la comunidad, cuando cualquiera puede ser señalado, cuando el silencio se vuelve supervivencia, el control se vuelve total.
No se trató únicamente de castigar al que se iba del país o al que pensaba distinto. Se trató de enviar un mensaje inequívoco a los que se quedaban: esto es lo que te espera si te apartas del guion.
La consecuencia fue devastadora. No solo se fracturó el tejido social: se erosionó la confianza, se degradó la ética colectiva y se normalizó la humillación como instrumento político.
Décadas después, aún quedan heridas abiertas. Porque hay actos que no terminan cuando cesa la violencia física. Permanecen en la memoria, en la vergüenza, en el silencio de quienes participaron por miedo y en el dolor de quienes fueron marcados.
Y aquí es donde surge una verdad incómoda, pero necesaria: Perdonar es un acto humano. Olvidar, en este caso, sería una forma de complicidad.
Olvidar sería aceptar la mentira de la espontaneidad. Olvidar sería absolver a quienes diseñaron la degradación, sería permitir que la historia se repita bajo otro nombre, con otros rostros, pero con la misma esencia.
Un país que no confronta sus episodios más oscuros queda condenado a arrastrarlos como sombra permanente.
Por eso, la memoria no es rencor. La memoria es justicia moral. La memoria es advertencia. Y en el caso de Cuba, la memoria es también un deber.