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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Randy Alonso, director y presentador de la Mesa Redonda, director de Cubadebate, voz oficial del castrismo durante más de un cuarto de siglo, tiene motivos más que sobrados para defender lo indefendible. Y lo dijo recientemente, que daría hasta la vida. No es un idealista, no es un convencido. Es un hombre que debe su carrera, su casa, su novia y su posición a los caprichos de la dictadura. Y eso, en este país, se paga con lealtad absoluta. Con servilismo total. Con la renuncia a cualquier atisbo de dignidad periodística.
La historia de Randy es la de un trepador con suerte. Recién graduado de Periodismo, debatiéndose entre volver a su Pinar del Río natal o alquilarse en una ciudadela de La Habana, Fidel Castro lo sacó del anonimato y lo nombró embajador ante la Unión Internacional de Estudiantes en Praga. Sí, embajador. Un muchacho sin experiencia, sin carrera diplomática, sin nada, convertido en representante de Cuba en el extranjero por obra y gracia del Comandante. Eso no se olvida. Eso se agradece con sangre. Y él lo agradeció. Antes de partir a Praga, consiguió novia por primera vez en su vida. Y se la llevó. La gordita robusta que lo acompañó en aquellos años europeos.

Al regreso, la cosa se torció. Otto Rivero, que por entonces tenía cierto poder, o mucho poder, no soportó lo pretensioso que se le había vuelto el exembajador y lo devolvió a Pinar del Río. Pero el destino, o más bien Fidel Castro, tenía otros planes para él. La batalla por el regreso de Elián González estaba en su punto más álgido, y alguien necesitaba una cara nueva en la Mesa Redonda. Fidel lo mandó a llamar. Y Randy volvió. Y para que no tuviera dudas de qué lado debía estar, le dieron casa en el edificio de Infanta y Manglar, ese que llaman Fama y Aplausos, donde los periodistas más leales reciben su premio.

Allí estuvo un tiempo, algunos años, pero la vida sigue y los afectos cambian. La novia robusta de Praga ya no le cuadraba. Se enamoró de una muchacha más joven, compañera de trabajo en la Mesa Redonda. Dejó a la gordita, se fue con la nueva, y como era de esperar en este país donde las lealtades se pagan con bienes, le dieron casa. Grande, buena, en el edificio de E y 23. Casa con todo dentro. Y si algo faltó, siempre hubo un ministro amigo dispuesto a ayudarlo. Con tal de que Randy no le apretara la mano en la Mesa Redonda, los ministros abrían sus arcas. Aunque él nunca aprieta a nadie. Sigue el guion del Departamento Ideológico a pie juntillas. No se sale una coma. No se desvía una tilde. Es un robot de la propaganda.

Por eso, cuando uno lo ve en la pantalla, con esa cara (mala y fea) de niño bueno, con ese tono de voz que intenta sonar objetivo, no puede evitar pensar en todo lo que hay detrás. En los 25 años de justificaciones a los ineptos, a los incapaces, a los que reprimen, a los que roban. Randy no es Humberto López, no es Michel Torres Corona. Es más inteligente, más preparado. Sabe lo que dice y cómo decirlo. Pero eso lo hace más peligroso. Más ruin. Más bajo y más detestable. Porque no miente por ignorancia, miente por convicción. O por conveniencia. Que es peor.
Algún día, cuando todo esto termine, cuando el castrismo caiga y los cubanos podamos mirar atrás sin miedo, Randy Alonso deberá pagar por su servilismo total. No con venganza, no con odio. Con justicia. Con el simple acto de reconocer que durante 25 años fue la voz que justificó lo injustificable. Que durante 25 años puso su talento al servicio de los verdugos y miró hacia otro lado mientras el pueblo sufría. Y esa deuda, tarde o temprano, se cobra. Porque la historia, aunque tarde, siempre pasa factura.