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A propósito del IV Domingo de Cuaresma

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Por Padre Alberto Reyes ()

Evangelio: Juan 9, 1-41

Esmeralda (Camagüey) Todos nosotros venimos de una historia marcada por una familia, por un sistema educativo, por la sociedad en la que hemos crecido, y por nuestras propias experiencias. Esa historia condiciona nuestra mirada, y marca los parámetros a través de los cuales consideramos lo que está bien o mal, lo correcto y lo incorrecto.

Cuando nos encontramos con Jesucristo, sea porque entramos en contacto con la Iglesia, sea porque
nos hacemos adultos dentro de la Iglesia, es necesario evaluar toda nuestra historia guiándonos por los
valores del Evangelio del Señor, porque uno de los mayores retos de un discípulo cristiano es aprender a
mirar la vida con los ojos de Dios.

¿Qué significa mirar el mundo con mis ojos o con los ojos de Dios?

Mirar el mundo con mis ojos significa ir por la vida actuando según lo que me gusta, lo que quiero, lo
que me viene en ganas, lo que creo que me conviene… sin tener en cuenta si todo eso coincide o no con el modo de vida que Jesús nos propone. Es la persona para la cual Dios no cuenta como punto de referencia en sus decisiones. En clave evangélica, esto es la ceguera.

Mirar el mundo con los ojos de Dios no significa no tener gustos, deseos, planes, proyectos… sino que
todo eso lo hacemos pasar por un tamiz, por un filtro, y el filtro es si coincide o no con el proyecto que Dios nos regaló a través del Evangelio de su Hijo.

Pongamos un ejemplo muy sencillo. Imaginemos a una pareja. A él ni siquiera le gusta el café, a ella
lo que más le gusta es tomarse un café en cuanto se sienta a desayunar. Si él prepara el desayuno, mirar a través de sus ojos es no tenerle preparado a su esposa un café, o es darle igual si hay o no hay café.

Mirar a través de los ojos de su esposa es estar atento a que nunca le falte ese café.

El amor florece, de hecho, cuando aprendemos a mirar a los demás a través de lo que los hace felices,
a través de lo que ellos necesitan, a través de lo que les hace bien. Por el contrario, centrarnos sólo en lo que queremos, sin tener en cuenta lo que hace feliz al otro, es ir ciego por la vida, con el agravante de que, como estamos ciegos, puede que hagamos mucho daño y ni siquiera nos demos cuenta.

Mirar a través de los ojos de Dios no es otra cosa que aprender a conectarse con la voluntad del Padre
y actuar desde esa voluntad, es poner actos a la mirada del Padre.

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