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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- A los cubanos, El Cangrejo nunca les cayó bien. No es difícil entender porqué. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto favorito de Raúl Castro, siempre pareció un tipo limitado intelectualmente, de esos que si abren la boca uno espera que salga una ocurrencia, no una idea. Prepotente, con ínfulas de grandeza, creyéndose superior por el simple accidente de haber nacido donde nació.
Un coronel del Ministerio del Interior con demasiadas estrellas en los hombros para lo que realmente ha hecho en su vida: cuidar del abuelo, pasearse en yates de lujo por Panamá, y celebra bodas opulentas mientras el país se desmorona. Nadie, absolutamente nadie, pensó jamás que fuera a realizar alguna otra función que no fuera la de escolta de lujo del decrépito patriarca.
Pero resulta que el destino, o las urgencias del poder, le tenían reservado un papel que ni en sus sueños más húmedos imaginó. De golpe y porrazo, El Cangrejo dejó de ser el que ocupa el asiento de atrás y se colocó al timón.
Las imágenes de la comparecencia de Díaz-Canel de este viernes no dejaban lugar a dudas: allí estaba él, sentado en primera fila, junto a la flor y nata de la cúpula castrista. Y los camarógrafos, cumpliendo órdenes de quien sabe, lo enfocaron una y otra vez. Como si alguien hubiera dado la instrucción clara: «denle visibilidad». Porque en este régimen, nada es casual. Ni los planos, ni las sillas, ni los silencios.
Lo más fascinante del asunto es que El Cangrejo ha sobrepasado, de la noche a la mañana, a su propio tío, Alejandro Castro Espín. Ese que fue el arquitecto del deshielo con Obama, el «príncipe en las sombras» que durante años manejó los hilos de la inteligencia y la contrainteligencia, el general de brigada al que le regalaron las estrellas pero también el retiro forzoso cuando su proyecto de acercamiento a Washington se vino abajo con la llegada de Trump y el escándalo del Síndrome de La Habana.
Hoy, mientras Alejandro sigue en el ostracismo, de «pijama» como dicen en Cuba, el sobrino se ha convertido en el interlocutor directo de Marco Rubio, o de los hombres del Secretario de Estado. El que no podía articular dos ideas seguidas es ahora el encargado de transmitir los mensajes que decidirán el futuro de once millones de cubanos -o un poquito menos.

La ironía no puede ser más cruel. El Cangrejo, ese personaje que debe su apodo a una deformidad en un dedo, ha construido a su alrededor una vida de lujos que ofendería a cualquier revolucionario de manual. Su boda en 2023 fue un escándalo mayúsculo: imágenes filtradas de una celebración opulenta, con figuras de la élite gobernante y empresarios de medio pelo, mientras los cubanos hacían cola para comprar un cartón de huevos.
No olvidemos sus viajes a Panamá, al menos 13 en 2024 y 10 en 2025, en jets privados, reuniéndose con empresarios del sector energético, adquiriendo propiedades y mercancías de lujo. Un estilo de vida que no tiene nada que envidiarle a los oligarcas rusos, pero que contrasta brutalmente con la ideología que su abuelo y su tío abuelo predicaron durante sesenta años.
Ahora, según los analistas que conocen las interioridades del régimen, El Cangrejo no es más que un intermediario. Un hombre de «pocas luces», como lo definió el periodista Rolando Cartaya, que no tiene estudios conocidos y cuya función se limita a escuchar y transmitir las órdenes de su abuelo. Pero en un sistema donde el poder real reside en el anciano de 94 años, ser su oreja y su boca es una posición de una influencia inconmensurable.
El problema, claro, es que negociar con Washington no es lo mismo que cuidar al abuelo. Y las sutilezas de la diplomacia, los matices, los silencios calculados, no son precisamente el fuerte de quien ha vivido siempre en una burbuja de privilegio.
¿Qué futuro le espera a estas conversaciones con El Cangrejo al volante? Cualquier pronóstico es aventurado, pero una cosa es segura: la presencia del nieto en la mesa de negociación confirma lo que muchos sospechábamos. Que el poder real en Cuba no está en las instituciones, ni en los ministerios, ni en el Partido. Está en la familia. Y mientras esa familia siga mandando, cualquier negociación, cualquier apertura, cualquier cambio, estará condicionado por sus intereses. Los de ellos. No los del pueblo. Los mismos que siempre han defendido. Los mismos que siempre nos han costado tan caro.