Las tribulaciones de Legañoa: del «chanchullo» a la pregunta complaciente en cuestión de días

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Jorge Legañoa, presidente de la oficialista agencia Prensa Latina, debe estar estos días con un dolor de cervicales de aquellos. No es para menos: el giro que ha tenido que dar su cuello en apenas una semana es digno de estudio quiropráctico.

Hace unos días, en el noticiero estelar de la televisión cubana, se rasgaba las vestiduras con una convicción que enternecería a cualquier espectador desprevenido. Negaba con vehemencia, casi con furia, que Cuba estuviera negociando con Estados Unidos. Todo era un chanchullo, una cortina de humo, una maniobra orquestada desde Washington para desestabilizar al régimen. Palabra de Legañoa. Palabra de funcionario leal.

Y entonces llegó este viernes. La puesta en escena ya la conocemos: el primer secretario del Partido y presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, convoca a los directores de medios para hablar de las conversaciones con Washington. La sala, como siempre, llena de los mismos rostros de siempre. Los directores de los medios oficiales, los mismos que nunca preguntan lo que no deben, los mismos que saben que su carrera depende de no incomodar al poder.

Y allí estaba Legañoa. Con su credencial de presidente de Prensa Latina, con su derecho a preguntar. Y preguntó. Como si nada. Con la naturalidad de quien no ha dicho exactamente lo contrario hace apenas unos días.

Las tribulaciones de Legañoa: del "chanchullo" a la pregunta complaciente en cuestión de días

Donde dije digo…

La pregunta de Legañoa fue, por supuesto, la pregunta que cualquier director de medio oficial haría: la que no incomoda, la que no cuestiona, la que permite que el presidente despliegue su discurso sin sobresaltos.El mandatario hasta elogió la pregunta.

No hubo rastro del Legañoa indignado de la semana pasada. No hubo «chanchullos», no hubo «maniobras desestabilizadoras», no hubo nada de eso. Solo un funcionario que, con la sonrisa puesta, preguntaba por esos contactos que hace unos días negaba con tanto énfasis. Uno se pregunta: ¿cómo se come eso? ¿Cómo se digiere un giro de 180 grados sin que se te tuerza el alma?

La respuesta es más simple de lo que parece: en este régimen, la verdad es un menú que cambia según el día. Lo que ayer era herejía, hoy es doctrina. Lo que ayer era «chanchullo», hoy es «diálogo constructivo». Y los funcionarios, esos soldados de la palabra que han hecho de la sumisión una carrera, no tienen más remedio que bailar al son que les tocan.

Legañoa bailó la semana pasada al son de la negación. Baila hoy al son de la aceptación tácita. Y mañana, si hace falta, bailará al son de la exaltación de los acuerdos alcanzados. Total, para eso está: para servir, para obedecer, para arrastrarse si hace falta.

La sumisión total y la anestesia

Lo más patético de la escena no fue la pregunta de Legañoa, sino el escenario completo. Díaz-Canel, con ese tono de profesor de secundaria que usa cuando quiere sonar convincente, respondiendo a preguntas que no eran preguntas, sino lanzamientos de guion.

Legañoa contra EEUU: (https://elvigiadecuba.com/el-panico-del-propagandista-desmontando-las-mentiras-de-leganoa/)

Los directores de los medios oficiales, todos ellos, haciendo cola para preguntar lo mismo de distintas maneras: «Presidente, cuéntenos de esas negociaciones que tanto bien le harán al pueblo». Nadie preguntó por los presos políticos. Nadie preguntó por los apagones. Nadie preguntó por los salarios de hambre. Nadie, por supuesto, preguntó por el chanchullo que Legañoa denunciaba hace una semana.

Jorge Legañoa es, en este sentido, el espejo perfecto de lo que el castrismo ha hecho con sus periodistas: los ha convertido en acróbatas de la palabra, en contorsionistas de la verdad, en funcionarios capaces de afirmar una cosa el lunes y la contraria el jueves sin que se les mueva un músculo de la cara.

La tribulación de Legañoa no es moral, es física: el cuello le duele de tanto girar. Pero el cuello, como la conciencia, se acostumbra. Y él, como todos los que estaban en esa sala, ya está acostumbrado a todo. A negar. A preguntar y luego callar. A servir. Eso es todo.

Y mientras tanto, el pueblo mira, y algunos, los más ingenuos, todavía se preguntan cómo es posible que estos señores duerman por las noches. La respuesta es sencilla: duermen. Duermen como benditos. Porque la sumisión, cuando es total, tiene eso de bueno: anestesia.

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