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La Isla de la Libertad donde nadie es libre: el cuento de hadas que Cuba vende en Moscú

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- El camarada Enrique Orta González, embajador de Cuba en Moscú, se ha lucido en la feria MITT. Con la solemnidad de quien repite un guion aprendido hace sesenta años, llamó a Cuba «la Isla de la Libertad». Y uno se pregunta, mientras escribe estas líneas, si Orta González sufre de un trastorno de la percepción o simplemente ha perfeccionado el arte de mentir con la mirada fija, sin pestañear, como los buenos discípulos de la escuela castrista.

Porque la Isla de la Libertad, señor embajador, es ese lugar donde la gente no puede decir lo que piensa sin terminar en una celda. Donde los jóvenes son condenados a diez años por protestar. Donde los homosexuales fueron enviados a campos de trabajo. Y donde la palabra «libertad» solo aparece en los discursos y en las vallas publicitarias, nunca en la vida real.

Habla usted de que el descanso en la Isla de la Libertad será una realidad para los turistas rusos. Y los turistas rusos, acostumbrados a ciertas carencias, quizá no noten lo que los cubanos sufrimos a diario. No verán, detrás de los muros de los hoteles de lujo, las colas interminables para comprar un pan que no llega. No olerán la basura acumulada en las calles porque no hay combustible para los camiones.

Tampoco sentirán en sus estómagos el vacío de quien no ha comido carne en meses. No sabrán que, mientras ellos disfrutan de su «descanso», a dos kilómetros de allí hay niños desnutridos, ancianos sin medicinas, familias enteras viviendo con dos horas de electricidad al día.

¿Libertad sin derechos humanos?

La Isla de la Libertad, señor embajador, es el lugar donde el gobierno viola sistemáticamente todos los derechos humanos. Todos. Uno por uno. El derecho a la libre expresión lo viola cada vez que un periodista independiente es detenido. El derecho a la libre asociación lo viola cada vez que un grupo de ciudadanos intenta reunirse pacíficamente y es dispersado a golpes.

Viola derecho a la propiedad cuando confisca los negocios de quienes intentan salir adelante por su cuenta. El derecho a la alimentación, cuando prioriza el envío de médicos al exterior sobre la producción de alimentos para su propio pueblo. El derecho a la salud lo viola cuando los hospitales carecen de lo más elemental. Y el derecho a la vivienda, cuando las casas se caen a pedazos y nadie hace nada.

Y luego está ese derecho fundamental que usted y los suyos han pisoteado con especial saña: el derecho a decidir sobre la propia vida.

En Cuba, un ciudadano no puede elegir su futuro. No puede elegir su trabajo, porque el Estado decide. No puede elegir dónde vivir, porque necesita un permiso. Y no puede elegir qué estudiar, porque las carreras se asignan.

Tampoco puede elegir cuándo viajar, porque tal vez no tenga dinero jamás para tmar un avión, o porque esté regulado y necesite un permiso de salida. No puede elegir ni siquiera qué pensar, porque el pensamiento único se impone desde la escuela, desde los medios, desde todos los rincones de la vida social. Eso es la Isla de la Libertad que usted vende en Moscú, señor embajador.

No venda más humo, embajador

Usted habla del deseo mutuo de restablecer el turismo. Y nosotros, los cubanos, le preguntamos: ¿cuándo va a restablecer el gobierno los derechos que nos ha robado? ¿Cuándo va a restablecer la libertad de expresión, la libertad de asociación, la libertad de prensa, la libertad de empresa, la libertad de movimiento, la libertad de pensamiento? ¿O cuándo va a restablecer la dignidad de un pueblo que lleva sesenta y siete años siendo humillado, explotado, engañado?

Esas son las preguntas que usted no responderá nunca, porque no tiene respuestas. Solo tiene discursos vacíos, frases hechas, la misma letanía que repiten los funcionarios castristas desde 1959.

Mientras tanto, en La Habana, en Santiago, en Camagüey, en cada rincón de esa Isla de la Libertad que usted pregona, la gente sigue sobreviviendo como puede. Haciendo colas. Inventando. Emigrando. Soñando con un lugar donde la libertad sea algo más que un eslogan en una feria de turismo.

Usted, desde Moscú, desde la comodidad de su mansión, con sus autos de lujo y su salario en dólares, puede seguir vendiendo humo. Pero nosotros, los que estamos aquí, sabemos la verdad. Y la verdad es que Cuba no es la Isla de la Libertad. Es la isla donde la libertad murió hace mucho tiempo, y solo espera que alguien la resucite.

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