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Vancouver.- A lo largo de la vida política e intelectual de una persona existen etapas. No son contradicciones necesariamente, sino procesos de aprendizaje. Las ideas evolucionan cuando la realidad obliga a repensar lo que uno creía seguro. La historia del pensamiento político está llena de ejemplos de hombres profundamente patriotas que cambiaron de estrategia cuando comprendieron que el contexto exigía nuevas jugadas.
Durante años mi visión de Cuba fue la de un nacionalista clásico. Imaginaba un país independiente con una economía protegida, con un Estado fuerte que defendiera lo nacional frente a las influencias externas. Esa idea ha existido en muchos movimientos políticos del mundo. Es el instinto de proteger lo propio, de cerrar filas alrededor de la nación para defenderla. No era una postura extraña. Era una visión profundamente patriótica.
Con el tiempo fui estudiando más sobre economía, comercio y desarrollo de los países. Comprendí algo que la experiencia internacional demuestra una y otra vez. Las economías que prosperan son aquellas donde existe libertad de mercado, competencia, reglas claras y un Estado más limitado. Los países que generan prosperidad no lo hacen levantando muros económicos, sino permitiendo que el comercio fluya, que las empresas compitan y que la inversión encuentre estabilidad jurídica. Ese proceso me llevó a evolucionar hacia una visión más liberal de la economía, convencido de que los impuestos bajos, la burocracia reducida y las reglas claras son el terreno donde nacen el crecimiento y la prosperidad.
Esa evolución económica nunca cambió algo esencial en mí. Sigo siendo un patriota cubano y sigo admirando profundamente la historia de Cuba y a sus héroes. Desde los mambises que lucharon por la independencia hasta los expresos políticos de la primavera negra, activistas hoy enfrentan la represión del régimen, siento un profundo respeto por todos los cubanos que han estado dispuestos a sacrificar su tiempo y vida por la libertad de la nación.
Sigo creyendo que Cuba tiene el talento, la capacidad y la inteligencia para convertirse por sí misma en un país próspero. Nunca he dudado del talento del pueblo cubano. El problema nunca ha sido el pueblo. El problema ha sido la dictadura.
Ese temor, que el régimen logre perpetuarse mediante negociaciones o falsas transiciones, me lleva hoy a plantear una estrategia distinta. La política no es solamente un ejercicio de ideales. También es un juego de poder, un tablero de ajedrez donde muchas veces la victoria depende de saber mover la pieza correcta en el momento adecuado.
En el contexto actual aparece algo que pocas veces ha existido en la historia reciente. Un presidente estadounidense como Donald Trump ha demostrado no tener tabúes cuando se trata de discutir la anexión de territorios. Ante esa realidad surge una posibilidad estratégica que antes parecía impensable. Poner sobre la mesa la idea de una alianza profunda con Estados Unidos que permita romper definitivamente el poder de la dictadura cubana.
Impulsar la anexión no significa renunciar al patriotismo ni negar la identidad cubana. Significa utilizar una jugada política que podría abrir una salida real al problema central que ha marcado la historia de Cuba durante más de seis décadas. La permanencia de un régimen totalitario.
La propia historia cubana ofrece un precedente interesante. Muchos de los mambises que luchaban por la independencia entendieron que una alianza con Estados Unidos podía convertirse en el factor decisivo para derrotar al imperio español. Aquella alianza fue vista por ellos como una herramienta estratégica para alcanzar un objetivo mayor. La liberación de Cuba.
Hoy veo algo similar. Así como muchos mambises vieron en Estados Unidos un aliado para derrotar a España, hoy veo en una posible alianza con Estados Unidos una herramienta para derrotar al régimen cubano.
La política, al final, se parece mucho al ajedrez. No siempre gana quien defiende la pieza más sentimental. Gana quien logra hacer la jugada más inteligente en el momento preciso. A veces hay que sacrificar una pieza para lograr el jaque mate.
Mi patriotismo no ha cambiado. Mi amor por Cuba sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es mi lectura del tablero. En el tablero actual, mover la ficha del anexionismo puede convertirse en la jugada que finalmente permita poner fin a la dictadura.