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Por Elier Vicet ()
Santiago de Cuba.- Rodisbel Álvarez compraba pan en la panadería de su barrio y lo revendía para sobrevivir. No había más secreto ni más negocio. Lo hacía porque el pan que conseguía le permitía sumar unos pesos a lo que no alcanzaba, que era todo. Así llevaba tiempo, sin molestar a nadie, sin hacer ruido, hasta que llegaron los inspectores.
Le impusieron una multa de 16.000 pesos. Dieciséis mil. Un panadero en Cuba no gana ni 3.000 al mes. Rodisbel no tenía esa cantidad, ni la tendría en años. No era un delincuente, era un hombre que intentaba vivir en un país donde vivir cuesta más que el sueldo.
Desde ese día, los vecinos lo vieron cambiar. Se le apagó la mirada. La preocupación le comió las horas y los pensamientos. Su familia dice que no hablaba de otra cosa, que no podía dormir, que se levantaba sobresaltado pensando en cómo pagar lo que no podía pagar. Esta mañana, Rodisbel sufrió un infarto y murió. Los que lo conocían saben que no fue casualidad: el corazón se para cuando la vida se vuelve un callejón sin salida. Y a Rodisbel le habían cerrado todas las puertas menos una.
Los inspectores en Cuba tienen un trabajo oficial, que es garantizar el cumplimiento de las normas. Pero lo que hacen, en realidad, es otra cosa. Van contra los débiles, contra los que no tienen padrinos ni contactos, contra los que venden pan para comer porque no tienen palancas para vender cosas más grandes. No persiguen a los que se enriquecieron con la corrupción, ni tocan a los que manejan las mipymes millonarias bajo nombres prestados. Van a lo fácil, a lo indefenso. Rodisbel era fácil. Era indefenso. Y le cayeron encima con la fuerza de un Estado que no se cansa de aplastar hormigas.
Esteban Lazo, el presidente de la Asamblea Nacional, dijo hace no mucho que a los cubanos lo que más les duele es que les quiten la mercancía. Y exhortó a hacerlo. Esa es la moral del régimen: el daño no es un efecto colateral, es un objetivo. Quitar, decomisar, multar, exprimir. No importa si el hombre delante tiene 50 años y ha trabajado toda su vida, si es conocido en el barrio, si nunca había tenido un problema. Hay que quitarle lo que tiene, aunque sea pan. Hay que dejarle claro que no puede salir adelante, que no puede intentarlo siquiera. Eso es lo que mató a Rodisbel.
Baire está de luto. Cuba entera debería estarlo, aunque no lo esté. Porque esta historia no es la excepción, es la regla. Cada día, en cada pueblo, hay un Rodisbel que recibe una multa que no puede pagar, una inspección que le quita el poco capital que tenía, una amenaza que le rompe los sueños.
Algunos sobreviven. Otros, como este hombre, no pueden con el peso. Y el sistema sigue funcionando, con sus inspectores y sus leyes y sus discursos, mientras los muertos se quedan sin nombre en las páginas de los periódicos que nadie lee.