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Hay gestos, como el de un sobre amarillento que emerge de un archivo polvoriento, que parecen susurrar historias que creíamos olvidadas. El intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 en España, ese temblor que sacudió los cimientos de una democracia aún frágil, ha desvelado ahora, más de cuatro décadas después, una correspondencia insólita: la de Fidel Castro con el rey Juan Carlos I. No es tanto la revelación de una injerencia cubana, que las crónicas de la época no señalan, sino el eco de una diplomacia calculada, un guiño de La Habana a Madrid en un momento de convulsión.
Los documentos, desenterrados del expediente AGA-83-07633 del Ministerio de Exteriores, nos presentan a un Fidel que, lejos de su habitual retórica incendiaria, se dirige al monarca español con un lenguaje medido, casi contenido. Habla de “preocupación por los acontecimientos” y de su deseo de que “se preserve la estabilidad institucional del país”. Son fórmulas que contrastan con la imagen del líder que solía encender discursos, como si la distancia del tiempo permitiera pulir las aristas de la ideología hasta dejar solo el brillo del pragmatismo.
Y es que, en el fondo, la anécdota revela algo más sutil: la atención que la Cuba de entonces prestaba a los vientos de cambio en la antigua metrópoli. La Habana, observadora atenta de las transiciones, buscaba proyectar una imagen de actor internacional responsable. Castro, el único líder iberoamericano que emerge de estos papeles, se movía con esa astucia fría, cuidando canales con Europa mientras mantenía su pulso con Washington. Madrid, por razones históricas y estratégicas, ocupaba un lugar especial en esa compleja ecuación.

Hoy, esa correspondencia adquiere un relieve inesperado. Mientras en 1981 España jugaba la consolidación de su democracia, la Cuba actual se encuentra en un punto de agotamiento estructural. La crisis económica, el deterioro institucional y una conversación pública que, por primera vez en años, se atreve a nombrar escenarios de cambio, convierten esta carta desclasificada en algo más que una curiosidad de archivo. Es un espejo, quizás, de las esperanzas y las urgencias que laten en la Isla.
La sombra de ETA, esa organización que sembró décadas de terror, también planea sobre estos documentos. La retórica revolucionaria de La Habana había mostrado afinidades con movimientos independentistas, y la presencia de militantes vascos en la Isla no es un secreto. Sin embargo, los archivos más sensibles sobre esos vínculos permanecen, en gran medida, ocultos, dejando un halo de opacidad sobre los movimientos del castrismo en la península. Una opacidad que contrasta con la luz que ahora arroja la correspondencia con el Rey.
Para la España de la Transición, ese vínculo con Cuba también tenía su utilidad. El nuevo Estado democrático buscaba afirmarse en América Latina, evitar tensiones innecesarias. El intercambio epistolar, por tanto, fue un reflejo de mutua prudencia en un tablero internacional convulso. Hoy, la Cuba que observa con cautela una transición ajena es la misma Isla que aparece en el centro de las especulaciones. Una pregunta flota en el aire, como el polvo de los archivos: ¿será la historia la que, esta vez, dicte el ritmo del cambio?