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Por Oscar Durán
La Habana.- Un nuevo capítulo se abre en el complejo tablero de la política hacia Cuba. Así lo contó The Miami Herald al revelar que funcionarios estadounidenses vinculados al equipo del secretario de Estado Marco Rubio sostuvieron un encuentro con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, en el marco de la 50ª reunión ordinaria de la Comunidad del Caribe (CARICOM), celebrada en San Cristóbal.
Todo muy discreto, todo muy lejos de los focos habituales de Washington y La Habana. Como si la historia de este país se pudiera seguir escribiendo en habitaciones de hotel, a puertas cerradas, mientras once millones de cubanos sobreviven a oscuras.
Según el reporte, el contacto habría sido con un asesor del secretario de Estado. No hay confirmación oficial. No hay detalles. No hay actas. Pero hay algo que sí resulta evidente: la dictadura vuelve a moverse en las sombras, como ha hecho durante más de seis décadas.
¿Por qué el nieto de Raúl y no un funcionario con cargo visible? ¿Por qué un miembro del círculo íntimo y no un representante formal del Estado cubano? La respuesta es simple: porque en Cuba el poder no se hereda en urnas, se hereda en la mesa del comedor. Allí donde el apellido pesa más que cualquier título académico o designación institucional.
El hecho es significativo por varias razones. Primero, porque ocurre fuera de los canales diplomáticos tradicionales. Segundo, porque confirma que, aunque el castrismo intente vender una imagen de institucionalidad, el verdadero poder sigue orbitando alrededor de la familia. Y tercero, porque deja en evidencia el cinismo estructural del régimen: de puertas hacia dentro habla de soberanía, de dignidad, de resistencia heroica; de puertas hacia fuera tantea, negocia, explora “posibles cambios económicos y políticos” sin consultar jamás al pueblo que dice representar.
Aquí el problema no es que existan contactos. En política exterior los gestos discretos suelen anticipar movimientos mayores. El problema es quién decide y en nombre de quién. En cualquier país medianamente democrático, un eventual giro económico o político sería discutido en parlamentos, explicado a la ciudadanía, sometido al escrutinio público. En Cuba, no. En Cuba se cocina entre apellidos ilustres, se filtra a la prensa extranjera y luego se guarda silencio oficial, como si la nación fuera una finca privada y los cubanos simples arrendatarios sin derecho a preguntar.
¿Se trata de un contacto exploratorio? ¿Es un intento de abrir vías paralelas de diálogo? ¿O simplemente un intercambio informal en medio de un evento multilateral? Más allá de las conjeturas, lo verdaderamente alarmante es que, una vez más, el destino de la Isla parece discutirse sin la Isla.
Y mientras en hoteles caribeños se exploran escenarios futuros, en los barrios de Cuba la gente sigue haciendo colas interminables, sobreviviendo a apagones y esperando un cambio que no nazca de reuniones clandestinas, sino de la voluntad libre y soberana de su pueblo.
Si algo ha demostrado esta dictadura es que cuando negocia en silencio, casi nunca es para liberar, sino para perpetuarse.