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Cotillear nos hizo humanos: el chisme como herramienta de supervivencia evolutiva

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A ver, vamos a decir las cosas claras: el cotilleo tiene una prensa malísima. Que si es tóxico, que si es de gente sin vida, que si es perder el tiempo… Pero si la Evolución tuviera un departamento de marketing, te diría que estás aquí gracias a que tus antepasados no cerraban la boca. Porque mucho antes de que existieran los periódicos, las redes sociales o las tertulias de bar, los humanos ya hablaban de otros humanos. Y no por aburrimiento, sino por pura supervivencia.

Imagina que vives en una cueva hace 50.000 años y que tu grupo está formado por unas 30 personas. Con ellos cazas, con ellos comes, con ellos duermes y de ellos depende que no acabes siendo la cena de un tigre dientes de sable. En un entorno así, saber quién es quién no es curiosidad social. Es información vital.

Necesitas saber quién comparte comida cuando hay escasez, quién se escaquea en las cacerías, quién pierde los nervios en situaciones peligrosas, quién es fiable cuidando a los niños y quién tiene tendencia a meterse en líos con otros grupos. Esa información no aparece mágicamente. Circula. Se comenta. Se repite. Se matiza. Se recuerda. Eso, básicamente, es cotilleo. El chisme paleolítico no era entretenimiento, era supervivencia.

No es chisme, sino gestión de riegos

Además, tenía un efecto secundario: obligaba a comportarse mejor. Si sabías que tus actos iban a circular por el campamento más rápido que el humo de la hoguera, te pensabas dos veces ser egoísta, violento o poco fiable. No hacía falta policía. Bastaba con la reputación. Y la reputación servía, como ya vimos, para ligar y, sobre todo, era tu seguro de vida, porque si te comportabas como un cretino te apartarían del grupo y el aislamiento en la prehistoria era, literalmente, una sentencia de muerte.

Y aquí aparece algo fascinante: el lenguaje humano probablemente se desarrolló, en gran parte, para gestionar este tipo de información. No solo para coordinar cacerías o describir peligros, sino para hablar de personas ausentes, de intenciones, de alianzas, de traiciones, de historias pasadas. Es decir, para cotillear con precisión. Porque ser inteligente no era resolver ecuaciones. Era entender a la gente.

Hoy cambiamos el campamento por redes sociales, el fuego por pantallas y el mamut por el trending topic… pero nuestro cerebro sigue obsesionado con quién es fiable, quién no, quién suma y quién resta.

Así que la próxima vez que alguien te mire mal por «comentar la jugada», dile con toda la calma del mundo: «No es chisme, es gestión de riesgos evolutivos». Porque hablar de otros no nos hizo peores… nos hizo humanos.

¿Y tú? ¿Eres de los que «analizan riesgos» en la máquina del café o te haces el sueco?

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