
La Habana no es Gaza, a La Habana la dejaron caer
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Hay comparaciones que, tratando de culpar a otros, terminan convirtiéndose en una confesión. En esta entrevista le preguntan a Miguel Díaz-Canel si Cuba se está convirtiendo en una especie de “Gaza silenciosa, con un bombardeo sin bombas”, y él responde encantado: “Es una evaluación perfectamente correcta”.
Pues pensemos un momento en lo que acaba de aceptar.
Gaza ha sufrido bombardeos militares reales. Sus edificios han sido destruidos por bombas, misiles y operaciones militares. ¿Quién bombardeó La Habana? ¿Quién lanzó bombas sobre Centro Habana, La Habana Vieja, Cerro o Diez de Octubre? Nadie. Y, sin embargo, los edificios se apuntalan, los techos se desploman, las redes de agua revientan, el sistema eléctrico agoniza y barrios enteros parecen sobrevivir entre ruinas.
Ahí está precisamente la ironía que Díaz-Canel parece no entender: si una ciudad que no ha sido bombardeada termina pareciéndose a una ciudad bombardeada, quizás habría que preguntarle al gobierno que lleva más de seis décadas administrándola qué demonios hizo con ella.
Los hoteles por delante de las viviendas
Claro que las sanciones estadounidenses afectan a la economía cubana y que las actuales restricciones energéticas agravan la crisis. Negarlo sería absurdo. Pero otra cosa muy distinta es convertir a Estados Unidos en el detergente histórico con el que se pretende lavar más de seis décadas de errores, improductividad, abandono, falta de mantenimiento y prioridades económicas disparatadas.
Porque mientras los edificios donde vive el cubano se caían a pedazos, había recursos para levantar hoteles. Mientras faltaban viviendas, agua, transporte, electricidad y mantenimiento, continuaban apareciendo nuevas instalaciones turísticas. El problema nunca ha sido solamente cuánto dinero había, sino quién decidió durante décadas qué hacer con el dinero y los recursos que sí había.
Y aquí aparece otra contradicción enorme. En la propia entrevista, Díaz-Canel reconoce algo bastante incómodo para su discurso: durante décadas Cuba recibió cuantiosos recursos de la Unión Soviética. Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué hicieron con todo aquello?
Una parte considerable de esos recursos no se destinó a modernizar el país, renovar sus infraestructuras ni construir una economía capaz de sostenerse por sí misma. El régimen gastó enormes recursos en aventuras militares, apoyo a guerrillas y movimientos revolucionarios, exportación de su ideología y proyectos internacionales con los que Fidel Castro pretendía extender su influencia por medio mundo. Mientras Cuba necesitaba viviendas, carreteras, acueductos, centrales eléctricas y mantenimiento, enormes recursos se empleaban también en prioridades políticas y militares muy alejadas de las necesidades más urgentes del cubano.
En Gaza cayeron bombas, en La Habana, no
Y hay algo que no puede borrarse de la historia: la Unión Soviética no mantuvo a Cuba durante treinta años para que, sesenta años después, Díaz-Canel pudiera explicar las ruinas culpando exclusivamente a Washington. Aquellos recursos existieron, entraron al país y fueron administrados por el mismo poder político que todavía gobierna. Las decisiones que tomaron tuvieron consecuencias.
Para colmo, el propio Partido Comunista ha reconocido oficialmente problemas de baja eficiencia y descapitalización de la infraestructura. Es decir, hasta ellos saben que existe una responsabilidad interna. Solo que cuando llega la hora del discurso político, la memoria desaparece y toda la culpa aterriza milagrosamente a 90 millas de distancia.
Así que cuidado con el símil, señor Díaz-Canel, porque puede salirle por la culata.
Gaza tiene ruinas porque fue bombardeada. La Habana tiene ruinas sin que nadie la haya bombardeado.
Y esa diferencia, lejos de absolver al régimen, lo acusa. Porque si hoy Cuba se parece a esa “Gaza sin bombas” cuya comparación Díaz-Canel acepta, entonces habría que reconocer cuáles fueron las verdaderas bombas que durante décadas destruyeron al país desde adentro: la incompetencia, el despilfarro, las prioridades absurdas, la falta de mantenimiento y más de seis décadas de abandono.



















