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Por Luis Alberto García Novoa ()

La Habana.- Me cuentan mi novia y mis dos hijas —a quienes les creo, y no así a todos ustedes que nos desgobiernan— que, llegando hoy en la tarde a nuestra casa y habiendo respetado la señal de pare que hay en la rotonda de 146 y 9na, a escasos metros de donde residimos, un uniformado con un bastón de señales en una mano y una pistola en la otra, totalmente histérico, desde un auto, y otros con armas largas bien visibles saliendo por las ventanillas de otros autos, les conminaron en forma descompuesta a detenerse en seco (ya lo estaban) porque pasaba alguien de la estratosfera y de la Cuba en otra dimensión que compartimos.

Les digo, como simple ciudadano: bájenle tres rayitas a la histeria, la paranoia, la desconfianza, los prejuicios y al influjo de esas malas películas de acción de los sábados que sus combatientes y jefes ven en sus albergues.

Si el señor de la entrevista con gel de saliva en sus pelos le asegura a la brasileña que la inmensa mayoría está con él y su ejecutoría, ¿cuál es el terror?

Ya no estamos en el siglo pasado. Ahora pueden soplarte un misil directo a tu cuarto, tu cocina, tu oficina o tu garaje. Paren de jugar a los soldaditos.

Cuidadito no se les escapen a plena luz del día (no sería la primera vez) uno, dos o los tiros que sean y terminen matando a alguien que no quería ejecutar a nadie. No hay medallas «en cumplimiento del deber» que consigan tapiar un error de tales dimensiones.

El horno no está para pastelitos.

Si hieren o matan a alguien de los míos o de este pueblo al que aseguran respetar, por una «fiel metedura de pata», esto va a ser de pin…

El cuarto de Tula puede ponerse demasiado caliente.

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