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Por Yeison Derulo

Niquero, Granma.- En el costero municipio de Niquero arrancó la campaña langostera correspondiente a 2026. La industria procesadora de especies marinas vuelve a poner las manos sobre ese crustáceo que, para el cubano de a pie, parece tener más seguridad alrededor que un preso político.

La nota oficial habla de circunstancias complejas y de la creatividad de los trabajadores para cumplir las metas. Traducido al idioma de la calle: hay que sacar langostas hasta debajo de las piedras, siempre que ninguna termine en el plato de un cubano sin permiso del Estado.

Aquí viene la parte divertida de esta película revolucionaria. Cuba está rodeada de mar, tiene langostas, tiene pescadores y tiene una población pasando necesidades alimentarias. Aun así, la langosta es una especie de animal diplomático: puede viajar al extranjero, aparecer en hoteles para turistas y generar divisas, aunque al cubano que intente resolver una cena por su cuenta le pueden caer sanciones.

En 2025 incluso circuló ampliamente la explicación de que la compra y venta de langosta y camarones está restringida para los ciudadanos.

La contradicción alcanza niveles de campeonato mundial. Para el turista extranjero, la langosta puede aparecer servida en una mesa con mantelito, copa y aire acondicionado. Para el cubano, mejor ni mirar demasiado al crustáceo, no vaya a ser que algún funcionario interprete semejante mirada gastronómica como una amenaza contra la soberanía alimentaria.

La historia viene de lejos: la langosta cubana ha sido destinada fundamentalmente a la exportación y al turismo, mientras generaciones enteras de cubanos apenas han podido probarla.

Niquero ya conoce bien el negocio. En 2022, la unidad extractiva del municipio esperaba superar las 200 toneladas destinadas al mercado internacional. Ahora regresa la campaña de 2026, con la misma lógica de siempre: sacar del mar todo lo que pueda convertirse en dólares.

El detalle simpático es que la propaganda habla de esfuerzos, metas y voluntad creadora, palabras muy bonitas para una isla donde conseguir determinados alimentos puede convertirse en una misión de inteligencia.

Así funciona la langosta revolucionaria: nace en aguas cubanas, la pesca un cubano, la procesa otro cubano, la exportan desde Cuba y posiblemente termine en el plato de alguien que llegó de vacaciones. El único que queda mirando el menú desde lejos es el cubano que vive frente al mismo mar.

Qué maravilla de sistema: soberanía alimentaria para el discurso, langosta para el turista y exportaciones para la caja registradora. Al pueblo le queda seguir contemplando el océano y agradecer que, al menos, todavía puede mirar la langosta nadando.

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