El régimen persigue el aceite robado en Matanzas, mientras el pueblo sigue a oscuras

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Por Yoelbis Albelo ()

Matanzas.- Matanzas se ha convertido en el epicentro de una nueva guerra: la guerra contra el aceite dieléctrico. Mientras el pueblo sobrevive entre apagones de 24 horas y más, las autoridades han montado controles en las carreteras para detener lo que llaman «el robo del siglo». Y no es para menos: esta provincia acumula más de 90 transformadores dañados, concentra el 60% de los hurtos de este lubricante a nivel nacional y ha perdido más de medio millón de dólares solo en reposición de producto. La paradoja es brutal: hay más recursos para perseguir aceite que para garantizar electricidad.

Los puntos de inspección ya están operativos, y no son cualquier cosa. Personal de los laboratorios de la Empresa Comercializadora de Combustibles analiza muestras de diésel para detectar mezclas con el aceite sustraído. La estrategia, que comenzó en Matanzas, se extenderá a todo el país. Pero la pregunta que todos se hacen es: si hay tanto interés en proteger el aceite, ¿por qué no hay el mismo interés en proteger la vida de los cubanos? Porque el aceite dieléctrico, el mismo que usan los transformadores para no explotar, se ha convertido en un bien más preciado que la salud de un niño o la comida de una familia.

El negocio del aceite robado es un síntoma de la podredumbre del sistema. Personas desesperadas, sin combustible para mover sus vehículos, hurgan en los transformadores para sacar ese líquido amarillento que mantiene encendidas las luces de los hospitales. Pero el régimen, en lugar de preguntarse por qué la gente llega a ese extremo, responde con mano dura: decomiso de vehículos, penas de prisión y condenas por sabotaje. Los tribunales ya han dictado sentencias ejemplares contra varios implicados. La misma justicia que es ciega para los crímenes del hambre, se vuelve implacable cuando tocan los bolsillos del Estado.

El aceite y la vida

El aceite que se roba no es cualquier cosa. En Cuba se produce en la Refinería Sergio Soto para transformadores de hasta 33 kilovolts. Pero los equipos de mayor tensión requieren importaciones cuyo precio mundial ronda los tres o cuatro dólares por litro, a lo que se suman fletes y aranceles que elevan el costo final hasta un 25%. Es decir, el régimen prefiere gastar millones en importar aceite que en garantizar un sistema eléctrico estable. Y mientras tanto, las comunidades enteras se quedan a oscuras, la producción agropecuaria se paraliza y el agua no llega a las casas porque las bombas no funcionan.

Pero la verdadera pregunta es: ¿por qué ahora? ¿Por qué este afán repentino por controlar el robo de aceite cuando el desabastecimiento de combustible es una política de Estado? La respuesta es simple: porque el aceite robado no solo afecta a los transformadores, afecta al negocio del régimen. El aceite es un recurso estratégico, y cuando el pueblo lo toca, el pueblo paga. Pero cuando el régimen deja a la gente sin electricidad, sin agua, sin comida, eso no es sabotaje, es «resistencia creativa». La doble moral del castrismo no tiene límites.

Mientras los matanceros sufren apagones de 24 horas y los transformadores explotan por falta de mantenimiento, el régimen monta operativos en las carreteras para perseguir a quien intenta sobrevivir. La medida, que se extenderá a todo el país, es la foto perfecta de un sistema que solo se mueve cuando tocan sus intereses. Porque en Cuba, el aceite que enciende las luces del hospital es sagrado, pero la vida de los cubanos, esa sí se puede apagar. Y mientras el régimen persigue el aceite robado, el pueblo sigue esperando que alguien, por una vez, ponga la misma energía en garantizar su derecho a vivir con dignidad.

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