
Limonardo y el arte de la evasiva
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Como todo el mundo habla o se ríe de lo mismo, no me voy a quedar atrás. Hablemos de Limonardo y su entrevista para un medio de prensa brasileño. A primera vista, la entrevista que la periodista brasileña Mônica Bergamo le realizó parece un intercambio periodístico estándar, pero si la analizamos detalladamente revela un auténtico colapso comunicativo.
Para entender por qué falla de forma tan estrepitosa, podemos desglosar la interacción a través de dos lentes fundamentales: la semiótica (el estudio de los signos, gestos, postura y lenguaje corporal) y el análisis del discurso (la estructura del lenguaje, la persuasión y la lógica argumentativa que se esconden detrás de las palabras). En ambos planos, el rendimiento del tipo deja al descubierto una profunda falta de preparación para el periodismo independiente de alto nivel.
Desde el punto de vista gestual y expresivo, la escena proyecta una rigidez absoluta. Él muestra una postura estática, con un contacto visual dubitativo y una gestualidad casi nula que transmite tensión en lugar de convicción; sin embargo, el problema de fondo está en su arquitectura verbal y en el uso deliberado de varios ardides o trampas argumentativas para eludir las preguntas más incómodas.
El primero de estos recursos es la maniobra de responder a una pregunta directa con un contenido completamente ajeno, algo que en teoría del discurso se conoce como evasiva discursiva o desviación del tema (red herring). El red herring se aplica cuando al entrevistado se le cuestiona por un problema concreto —por ejemplo, la escasez o la falta de libertades— y, en lugar de responder, introduce un relato paralelo sobre otro país o los logros de la salud pública, desplazando entonces el foco hacia un terreno seguro donde no tiene que rendir cuentas.
Sin argumentos todo el tiempo
El segundo truco, muy recurrente cuando se le interpela sobre la democracia, la censura o la represión en la isla, es la célebre falacia del tu quoque (o el vicio del «y tú más»). Consiste en responder a las críticas hacia Cuba ejemplificando con los males de otros países, argumentando que en Estados Unidos hay pobreza, que en Latinoamérica hay violencia o que en Europa la democracia está rota. Este mecanismo pretende invalidar la pregunta sugiriendo que nadie tiene solvencia moral para cuestionarlo, pero en la práctica no desmiente la denuncia original: solo evade el problema cubano mirando hacia otra parte.
Estos ardides convierten la entrevista en un pésimo ejemplo de la heredada oratoria castrista. Fidel Castro —un orador caracterizado por su vehemencia, una teatralidad calculada y una agresiva dominación de la escena— lograba imponer su narrativa a la fuerza. Díaz-Canel intenta replicar lo mismo, pero al carecer de esos recursos escénicos, el resultado se reduce a una lectura gris, ensayada y burocrática. Lo que en el discurso castrista buscaba proyectar y avasallar, en este se percibe como un simple libreto memorizado que se desmorona al menor roce con una pregunta incómoda.
Ante semejante despliegue de evasivas, algunos analistas pudieran calificar su actitud como cinismo. Sin embargo, en mi opinión, cinismo sería demasiado inteligente, porque hasta para ser cínico hay que saber; más bien es incapacidad comunicativa. Recordemos que Díaz-Canel es el producto de un sistema cerrado acostumbrado al monólogo sin réplica, donde el dirigente no necesita convencer, solo repetir dogmas frente a un auditorio complaciente. Al enfrentarse a una periodista incisiva que no comparte su marco ideológico ni le permite eludir la realidad, el aparato discursivo se quiebra, dejando ver que detrás del lema institucional simplemente no hay argumentos ni respuestas sólidas para el siglo XXI.
Al final, el resultado de esta entrevista no es solo mostrar la incapacidad de un dirigente, sino la exposición al desnudo de un modelo exhausto: la prueba definitiva de la caducidad y el colapso discursivo de todo un sistema.



















