El privilegio de los ‘hijos’

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El espectáculo de la hipocresía cubana vuelve a escena con el capítulo más reciente de la telenovela de la nomenklatura castrista. Ivette González Salanueva, hija del exespía René González —miembro de la infame Red Avispa que se infiltró en Estados Unidos para espiar a sus propios compatriotas—, ha obtenido una beca para realizar una maestría en la prestigiosa Universidad de Ritsumeikan en Japón, cortesía de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA). Y su padre, en lugar de callarse y dejar que su hija disfrute de su «mérito» en silencio, ha salido a defenderla llamando «carroñeros» y «anormales» a los periodistas que se atreven a hacer preguntas incómodas. ¿Acaso el oficio del espionaje no le enseñó que la discreción es la primera regla?

El propio René González, ese «héroe» que el régimen convirtió en símbolo de resistencia patriótica tras ser condenado en Estados Unidos, asegura que su hija «nunca se buscó beca alguna» y que fue la Oficina del Historiador de La Habana —donde ella trabaja— quien presentó el proyecto que resultó seleccionado «de manera transparente».

El problema no es si Ivette es inteligente o no, que seguramente lo será, el problema es que esa «transparencia» se produce en un sistema donde los centros de trabajo de los hijos de los poderosos tienen el monopolio de las oportunidades internacionales. La Oficina del Historiador, dicho sea de paso, es uno de los organismos con mayor autonomía financiera y acceso a divisas del país, un privilegio en sí mismo dentro de la miseria generalizada.

Las castas en Cuba

Sin embargo, el caso de Ivette no es más que la punta del iceberg de un sistema de castas educativas. Mientras los jóvenes cubanos se enfrentan a apagones de más de diez horas, escasez de alimentos y un salario promedio de 15 dólares al mes, la flor y nata del régimen se forma en las mejores universidades del mundo.

Lizbeth Labañino, hija del también espía Ramón Labañino, ya había realizado estudios y un posgrado en la Universidad Internacional de Andalucía en España. Y qué decir del hijastro de Miguel Díaz-Canel, Manuel Anido Cuesta, quien cursa un programa ejecutivo en la IE Business School de Madrid, una de las universidades privadas más caras de España, con una matrícula que supera los 12.300 euros anuales —sin contar los 2.000 euros mensuales que cuesta vivir en la capital española—, mientras el pueblo cubano sobrevive con lo que puede.

La pregunta que se hacen millones de cubanos es: ¿por qué los hijos de los «héroes» y los dirigentes tienen acceso a estas becas y los hijos del pueblo no? La respuesta es tan obvia como dolorosa: porque el sistema está diseñado para perpetuar los privilegios de la élite en el poder.

El propio proceso de selección de la beca JICA requiere que el gobierno cubano nominee a los participantes. ¿Quién cree que se lleva el premio? ¿El hijo de un obrero o la hija de un espía condecorado por el Estado? La supuesta «competencia abierta» es una farsa cuando el filtro inicial está controlado por el mismo aparato que convierte a los espías en héroes nacionales.

El apellido y el servilismo a la tiranía

Mientras René González se indigna y llama «gacetilleros» a quienes señalan esta evidente desigualdad, el pueblo cubano sigue viendo cómo sus sueños de una educación digna se desvanecen entre apagones y penurias.

La hija del espía se va a Japón a formarse como «líder global», pero su padre no puede soportar que se cuestionen los métodos que llevaron a su hija hasta allí. ¿Tanta incomodidad le produce la verdad? Quizás porque sabe, en el fondo, que el apellido González no es un mérito académico, sino un salvoconducto que abre puertas que para el resto de los cubanos permanecen eternamente cerradas.

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