El carpintero de Yıldız

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Cuando gobernar un imperio se volvía agotador, Abdülhamid II se refugiaba en un lugar donde no había ministros ni conspiraciones: su taller de carpintería. Allí, entre virutas y herramientas, el sultán olvidaba las crisis financieras, las rebeliones y las presiones internacionales. No era un pasatiempo de salón, era su verdadero refugio. Mientras fuera de sus muros el Imperio otomano se desmoronaba, dentro del taller solo importaba la madera y el oficio de darle forma.

Abdülhamid llegó al trono en 1876, en medio de un caos que habría hundido a cualquier otro. Promulgó la primera constitución, abrió un parlamento, y luego, como si aquel experimento de democracia le hubiera dado alergia, lo cerró en 1878. Desde entonces, gobernó con mano firme, vigiló hasta el último susurro y se aseguró de que su autoridad como califa resonara en cada rincón del imperio. Pero en Yıldız, el sultán no daba órdenes: daba martillazos.

Su taller, la marangozhane, era su santuario. Diseñaba piezas, manejaba herramientas y practicaba una ebanistería que dejaba a los artesanos profesionales con la boca abierta. No era un capricho para la foto. Las celosías de cedro del palco imperial en la mezquita de Yıldíz llevan su firma, y aún hoy se conservan muebles y objetos que salieron de sus manos. No gobernaba con decretos, sino con gubias y formones.

El otro poder de Abdülhamid II

Cuando en 1909 los Jóvenes Turcos lo destituyeron y lo enviaron al exilio en Salónica, el sultán ya no tenía ejércitos ni provincias que administrar. Pero no se quedó de brazos cruzados. Allí, lejos del palacio, volvió a ocupar su tiempo con lo que mejor sabía hacer: carpintería y trabajo del metal. El hombre que había gobernado un imperio durante 33 años seguía transformando trozos de madera con sus propias manos.

Abdülhamid II no fue el primer sultán carpintero, pero quizás fue el que mejor entendió que el poder, por más absoluto que sea, necesita un contrapeso. Su legado no está solo en los ferrocarriles o las escuelas que construyó, sino en aquellos objetos de madera que sobreviven como testimonio de que, incluso en la cima del poder, un hombre puede encontrar paz en el oficio más humilde. El taller de Yıldız guarda el secreto de un sultán que, entre virutas y barniz, se olvidaba de que era sultán.

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