El niño que llegó a rey

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Era apenas un crío. Faisal tenía trece años cuando su padre, Abdulaziz ibn Saud, le puso en las manos el peso de un reino que aún no existía. Corría 1919 y las arenas de Najd ardían en disputas. Gran Bretaña había llamado a la puerta de Arabia, pero el viejo zorro del desierto no podía moverse de su trinchera. Así que miró a su hijo y, sin titubear, le entregó la misión. Un chaval, sí. Pero con la sangre de un futuro rey corriendo por sus venas.

Llegó a Londres el 13 de octubre. No era un viaje de placer ni una excursión escolar. Faisal desembarcó con las vestiduras tradicionales y la mirada fija en un objetivo: representar a su padre ante el mismísimo Imperio Británico. En los salones de Buckingham, el 30 de octubre, se plantó ante el rey Jorge V y la reina María. Entregó una carta y un sable ceremonial. Un gesto de paz y de advertencia, envuelto en el acero de la tradición.

Lord Curzon, el secretario de Relaciones Exteriores, se sentó a hablar con aquel adolescente. Mientras tanto, la prensa londinense no daba crédito. Las fotografías mostraban a un muchacho de rostro serio, rodeado de altos funcionarios con bombín y chaqueta, en el corazón del poder mundial. Pero Faisal no se arrugó. Siguió su ruta por Francia y Bélgica, seis meses fuera de casa, cruzando Europa como un embajador en miniatura. Fue el primero de su dinastía en pisar Occidente con semejante propósito.

El camino al trono

Ese viaje fue el pistoletazo de salida de una vida entera pegada a la política exterior. En 1930, con el reino ya en ciernes, Faisal se convirtió en el primer ministro de Relaciones Exteriores. Ya no era un niño, sino un hombre forjado en la diplomacia. Pero su destino aún le guardaba la corona. En 1964, ascendió al trono de Arabia Saudita.

Cuarenta y cinco años habían pasado desde aquella travesía. El crío que un día entregó un sable en Buckingham se había convertido en el rey de un país pujante. Su padre, Abdulaziz, había sembrado una semilla en un adolescente. Y Faisal, con paciencia de beduino y estrategia de estadista, la regó hasta convertirla en el tronco firme de una nación. Aquel viaje no fue un mero trámite. Fue la primera piedra de un imperio.

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