El precio de la libertad: 182 años de impuestos para los esclavistas

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- La esclavitud no se abolió en el Imperio británico, se compró. El 28 de agosto de 1833, el Parlamento aprobó la ley que ponía fin a la esclavitud. Pero no fue un gesto moral, fue un acuerdo comercial. Los esclavos no eran personas, eran propiedad, y en la Inglaterra del siglo XIX, la propiedad privada era sagrada. Así que en lugar de liberar a los esclavos, el gobierno decidió compensar a los dueños. Los esclavos, que llevaban siglos siendo azotados y separados de sus familias, no recibieron ni un chelín.

La cifra fue obscena: 20 millones de libras, el 40% del presupuesto anual del Tesoro y el 5% del PIB británico. En dinero de hoy, unos 16.500 millones. El gobierno tuvo que pedir un préstamo a los banqueros Nathan Mayer Rothschild y Moses Montefiore para pagarlo. Y los contribuyentes británicos estuvieron pagando esa deuda durante 182 años, hasta 2015. Mientras tanto, los esclavos no vieron ni un penique.

Pagos e injusticias

Pero la ley no liberó a todos de inmediato. Los menores de 6 años sí quedaron libres. El resto pasó a ser «aprendices» (apprentices). ¿Y qué era eso? Pues trabajar 40 horas semanales sin sueldo para su antiguo dueño, a cambio de comida y techo. Es decir, la misma esclavitud, pero con un nombre bonito y una fecha de caducidad. Los esclavos no se lo tragaron y se rebelaron en Jamaica, Trinidad y Barbados. El sistema de aprendices se acortó y terminó en 1838, pero los plantadores ya habían exprimido cuatro años de trabajo gratuito.

El dinero no se quedó todo en el Caribe. Casi la mitad (10 millones) se quedó en Gran Bretaña, en manos de aristócratas, banqueros, políticos y clérigos. John Gladstone, padre del futuro primer ministro, recibió 106.769 libras (unos 83 millones actuales) por los 2.508 esclavos que poseía. Sir James Duff, antepasado de David Cameron, cobró 4.101 libras por 202 esclavos. Charles Blair, tatarabuelo de George Orwell, recibió 4.442 libras por 218 esclavos. Una de cada cinco familias adineradas de la era victoriana obtuvo parte de su fortuna de la esclavitud. La Iglesia anglicana también cobró.

La deuda se convirtió en bonos que pasaron de mano en mano durante generaciones. En 2015, el gobierno británico pagó el último céntimo. Los contribuyentes del siglo XXI habían estado saldando la indemnización que el gobierno de 1833 dio a los dueños de esclavos. Y los descendientes de esos esclavos, que trabajan y pagan impuestos en el Reino Unido, descubrieron que habían contribuido a pagar a quienes esclavizaron a sus bisabuelos. En 2020, una petición exigió que se devolvieran esos impuestos a los descendientes. No llegó a las 100.000 firmas. Y las familias que cobraron aquellos 20 millones —los Gladstone, los Blair, los Cameron, los Lascelles— siguen siendo ricas y poderosas, en mansiones construidas con el sudor de gente que nunca fue compensada.

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