
El embajador que incendió Roma
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Se llamaba Quinto Fabio Ambustus, y si hubiera vivido hoy, probablemente tendría un programa de opinión o sería ministro de algo después de cada desastre. Porque este hombre, amigos, era de esos que nunca pagan los platos rotos, aunque los rompa él solito. En el siglo IV antes de Cristo, Roma era una criatura todavía frágil, peleándose entre patricios y plebeyos, sin saber bien si sería imperio o sería ceniza.
Y en medio de ese lío, Ambustus, de la poderosa gens Fabia, fue tribuno consular tres veces, tres veces en la cima, tres veces mirando por encima del hombro. Pero cuidado, que el poder no siempre viene con sabiduría. A veces viene con una soberbia que luego hay que pagar muy cara.
El problema gordo, el de verdad, llegó cuando lo mandaron de embajador ante los galos. Estos estaban sitiando Clusium, y Roma, que todavía no era la dueña del mundo, envió a Ambustus con una misión clara: hablar, negociar, pero no mojarse. ¿Y qué hizo este hombre? Pues todo lo contrario. Cogió las armas, se puso a pelear junto a los sitiados y mató a un jefe galo.
O sea: violó el derecho de gentes, manchó el nombre de Roma y encima se puso a hacer el héroe donde solo se le pedía que hiciera el diplomático. Los galos, que no eran tontos, se enfurecieron y exigieron su cabeza. Y el Senado, ay, el Senado, con esa soberbia romana que tanto les iba a costar, dijo que no. Que los Fabios no se entregaban. Error. Error enorme.
¿Hemos aprendido algo de aquello?
Los galos entonces se plantaron a las puertas de Roma. Vino la batalla del Alia, un desastre de esos que duelen siglos. Y luego el saqueo. Breno y sus guerreros paseándose por el Foro, metiendo fuego donde antes había leyes, humillando a los senadores con aquello del «¡Ay de los vencidos!». Todo por culpa de un embajador que no supo estar quieto.
Pero aquí viene lo gordo, lo que retuerce el estómago: Ambustus no pagó nada. Ni un rasguño en su reputación. Su familia, los Fabios, siguieron mandando como si nada, como si aquello hubiera sido un malentendido menor. El privilegio de la sangre, amigos, ese escudo invisible que protege a los que siempre están arriba.
Y entonces uno se pregunta, mirando el mundo de hoy, si las cosas han cambiado tanto. Porque vemos políticos que hunden países y al día siguiente están en una televisión sonriendo. Vemos banqueros que quiebran la economía y se van de vacaciones. Vemos a los hijos de los poderosos heredar empresas, escaños, impunidad.
¿De verdad hemos aprendido algo desde el siglo IV a.C.? ¿O sigue habiendo Fabios Ambustus en cada esquina, con apellido blindado y conciencia de trapo? La diferencia, claro, es que entonces los galos llegaban con espadas. Hoy llegan con intereses, con deuda, con indiferencia. Y eso duece más lento, pero duece igual.
Un espejo… piensa en Roma
Así que Quinto Fabio Ambustus no es solo un nombre de libro viejo. Es un espejo. Nos recuerda que la historia no castiga a todos por igual, que los errores los pagan siempre los mismos, y que la sangre, esa maldita sangre, sigue siendo un salvoconducto para los que nunca deberían tenerlo.
Por eso, cuando veas a un poderoso equivocarse sin consecuencias, piensa en él. Piensa en Roma ardiendo mientras los Fabios seguían en sus sillas. Y pregúntate si el fuego de hoy no lo están encendiendo los mismos incendiarios de siempre, solo que ahora con corbata y sin casco.






