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Por Luis Alberto Ramírez ()

«Todo aquel que entra en la política odiando a la burguesía termina como burgués, porque el cinismo es la fragua que forja el destino de los hipócritas».

Miami.- La hipocresía consiste, entre otras cosas, en ocultar las verdaderas intenciones detrás de un discurso fabricado para confundir a los ingenuos y, posteriormente, utilizarlos y explotarlos ideológicamente. Y cuando esa hipocresía se convierte en método político, el resultado suele ser una clase dirigente que termina disfrutando exactamente de aquello que decía combatir.

Reflexiono sobre esto a propósito de las recientes declaraciones de un exespía cubano, quien afirmó que, si te falta la electricidad, pienses en Fidel; si no tienes agua, pienses en Fidel; y si tienes hambre, también pienses en Fidel.

Parece un chiste, pero en realidad es mucho más que eso: es el resumen perfecto de una concepción ideológica que pretende sustituir la realidad por una consigna.

Es como si Fidel Castro fuera Peter Pan y Cuba aquella isla fantástica donde los niños podían tener todo lo necesario con solo imaginarlo. ¿No tienes electricidad? Piensa en Fidel. ¿No tienes agua? Piensa en Fidel. ¿Tienes hambre? Piensa en Fidel.

Fidel Castro como tabla de salvación

Ese parece ser el nuevo paradigma: imagina que eres libre y serás libre; imagina que tienes comida y no sentirás hambre; imagina que tienes electricidad y podrás vivir en la oscuridad sin quejarte.

Para determinados defensores del castrismo, Fidel Castro se ha convertido en una especie de talismán ideológico capaz de resolverlo todo después de muerto: la escasez, los apagones, el hambre, la falta de agua y hasta el fracaso de un sistema que lleva décadas gobernando la misma isla.

Pero aquí aparece la contradicción fundamental: cuando una ideología necesita convencer al ciudadano de que no mire lo que tiene delante de sus propios ojos, sino que piense en una figura del pasado para soportar el presente, ya no estamos hablando de una solución. Estamos hablando de adoctrinamiento.

Y esa lógica no se limita a Cuba. Parte de la izquierda contemporánea ha llevado determinadas ideas al extremo de intentar convertir cualquier percepción subjetiva o cualquier ocurrencia ideológica en una verdad que la sociedad debe aceptar, aunque choque con la biología, el sentido común o la realidad cotidiana. Hemos llegado incluso al absurdo de utilizar argumentos como que no se deberían comer huevos porque las gallinas son «violadas» por los gallos, o de convertir los gases producidos por el ganado en una explicación simplista del calentamiento global.

El tirano es culpable de todo

El problema no es debatir sobre alimentación, medioambiente o identidad. Una sociedad libre tiene derecho a discutirlo todo. El problema comienza cuando una corriente ideológica pretende imponer sus propias interpretaciones como verdades incuestionables y, bajo el argumento de la libertad, termina exigiendo que los demás acepten obligatoriamente sus dogmas.

La libertad, paradójicamente, deja de ser libertad cuando necesita imponerse por decreto.

Ahora bien, ¿por qué se intenta construir un pedestal ideológico alrededor de Fidel Castro, un hombre cuyo gobierno dejó a Cuba sumida en una profunda crisis económica, política y social?

Mi criterio es práctico y sencillo: porque en Cuba Fidel Castro continúa funcionando como un comodín ideológico.

El régimen necesita esa figura porque reconocer el fracaso significaría cuestionar el sistema. Y cuestionar el sistema significa tocar los fundamentos sobre los cuales se sostiene el poder.

Por eso Fidel no puede morir políticamente. Puede morir físicamente, pero debe permanecer como símbolo, como excusa, como justificación y, sobre todo, como argumento para exigir sacrificios a los mismos que nunca disfrutaron de los privilegios reservados a quienes gobiernan.

En Cuba se ha llegado al extremo de convencer a una parte de la población de que el problema no es la falta de comida, sino la falta de fidelidad a Fidel; no es el apagón, sino la falta de fe; no es la escasez, sino la supuesta agresión externa.

Y así, mientras el pueblo cuenta las horas de apagón, busca agua, hace colas y lucha por conseguir alimentos, se le ofrece un recuerdo como respuesta.

No hay electricidad: piensa en Fidel.

No hay agua: piensa en Fidel.

No hay comida: piensa en Fidel.

Es difícil imaginar una demostración más clara de hasta dónde puede llegar la manipulación ideológica.

Porque el verdadero problema nunca fue que los cubanos dejaran de pensar en Fidel.

El verdadero problema es que durante demasiado tiempo se les ha impedido pensar sin Fidel.

Y esa es precisamente la esencia de una dictadura: hacerle creer al ciudadano que fuera de la ideología oficial no existe libertad, sino cárcel, represión o exilio.

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