Macondo sin magia: el olvido de lo esencial en la Cuba contemporánea

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Por Carlos Alberto Sosa ()

Miami.- En Cien años de soledad, el pueblo de Macondo cae enfermo de un mal extraño: no pueden dormir y, poco a poco, comienzan a olvidar. Primero los nombres de las cosas, después su utilidad, finalmente el sentido mismo de la realidad. Para no perderlo todo, etiquetan: “mesa”, “silla”, “vaca”. Incluso escriben advertencias para no olvidar lo esencial: “Esta es la vaca, hay que ordeñarla todos los días…”. Es una escena casi absurda, pero profundamente humana. Es el miedo a quedarse vacío por dentro.

Hoy, al mirar la realidad cubana, esa imagen deja de ser literatura lejana. Aquí no hay peste del insomnio, pero sí otro tipo de desgaste, más lento, más silencioso: el de la memoria emocional, el de los significados. Vivir en crisis permanente no solo afecta el bolsillo; también erosiona la manera en que entendemos la vida.

Se nos va olvidando qué significa vivir con dignidad, no sobrevivir. Se diluye la idea de futuro, sustituida por la urgencia del día a día. Palabras como “sueño”, “proyecto”, “esfuerzo” o “mérito” empiezan a sonar huecas cuando la realidad no las respalda. Y entonces uno se adapta, se protege, baja las expectativas. No porque quiera, sino porque duele menos.

Como en Macondo, empezamos a normalizar lo absurdo. Lo que antes indignaba, hoy se comenta con resignación. Lo que antes parecía inaceptable, ahora es “lo que hay”. Y así, poco a poco, sin darnos cuenta, se va perdiendo algo más peligroso que cualquier carencia material: la capacidad de asombro, de cuestionamiento, de rebeldía interior.

Gabriel García Márquez llamó a su estilo “realismo mágico”, pero en esta realidad el término se queda corto. Aquí lo real no tiene nada de mágico. Tiene cansancio, tiene frustración, tiene esa sensación amarga de estar atrapados en una historia que se repite. Lo maravilloso se convirtió en cotidiano, pero no en el sentido poético, sino en el absurdo.

Y sin embargo, hay algo que no se ha perdido del todo. Como aquellos habitantes que etiquetaban objetos para no olvidar, todavía hay quienes nombran las cosas como son. Quienes no aceptan el vacío como destino. Quienes, incluso en medio de la escasez, intentan sostener valores, educar a sus hijos con dignidad, no ceder completamente al desgaste. Ahí está la diferencia. El olvido no es total mientras exista conciencia. Mientras alguien se niegue a llamar normal a lo que está mal. Mientras alguien recuerde que la vida puede, y debe, ser algo más que resistir.

Tal vez no podamos cambiarlo todo de inmediato. Pero sí podemos hacer algo esencial: no olvidar. No olvidar quiénes somos, qué merecemos, qué vale la pena defender. Porque cuando una sociedad logra conservar esa memoria íntima, esa verdad que no se negocia, todavía tiene futuro. Y de seguro, algún día, como en las mejores historias, lo que hoy parece condenado a repetirse encuentre una forma distinta de empezar otra vez.

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