La jaula

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Por Rafa Junco ()

Madrid.-Bélgica, principios del siglo XX. Una jaula metálica desciende. Dentro, apilados en varios niveles, van los hombres que trabajan bajo tierra. Parecen animales encerrados. Y en cierto modo lo están. La mina los traga cada día.

A los lados de la jaula, dos mujeres. No es casualidad. En 1896, casi 9.000 mujeres trabajaban en el carbón belga. 989 bajaban a las galerías. Las otras 7.992 se quedaban en la superficie: limpiando, clasificando, retirando piedras, cargando materiales. Las hiercheuses arrastraban vagones por túneles demasiado estrechos para un caballo. Y cobraban menos que los hombres.

Bélgica prohibió el trabajo subterráneo femenino en 1911. Tarde. Para entonces, generaciones de mujeres ya habían bajado a la oscuridad. Y siguieron trabajando arriba durante décadas. Porque la mina no era solo un lugar: era una condena heredada.

Los hombres tampoco la tenían mejor. Jornadas interminables. Polvo en los pulmones. Accidentes. Explosiones. En Lieja, algunas minas empleaban a más de dos mil trabajadores. Y cuando los locales se hartaron, llegaron polacos, italianos, extranjeros. Ellos ocuparon los puestos que nadie quería. La mina siempre encuentra brazos.

La foto conserva algo más que carbón y rostros cansados. Dentro de esa jaula viajaban los que bajaban. A sus lados, las que durante mucho tiempo también habían bajado con ellos. La mina los unió en la misma condena. Y la historia, como siempre, los sepultó a todos por igual.

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